Candidatos a la Alcaldía de Bogotá: ¿Qué proponen para proteger el medio ambiente?

hace 1 hora
Por: Lisandro Duque Naranjo

Santiago García

En 1988 filmaba yo la película "Milagro en Roma", en Filandia, municipio del Quindío.

El actor para el papel de obispo era Santiago García, y preciso los días en que lo esperábamos apareció con despliegue en los medios una lista de 10 personalidades del arte –Vicky Hernández, Patricia Ariza, Arturo Alape, etc.–, a quienes un escuadrón de la muerte declaraba objetivos militares y les daba un plazo perentorio para que se abrieran del parche. Algunos de ellos se asilaron de inmediato en embajadas y se fueron del país durante un tiempo, otros cambiaron de barrio en Bogotá y se dedicaron a llevar una existencia cautelosa cambiando sus rutinas, y así por el estilo. La lista la encabezaba, por supuesto, Santiago, a quien desde muy joven y hasta la fecha se le dice “Maestro” y es un ícono de la cultura colombiana e internacional.

Me preocupó, entonces, la certeza de que por ponerse a salvo de quienes amenazaban eliminarlo –y que quizás comenzaran con él las ejecuciones–, Santiago no llegara a cumplir el compromiso que tenía con la película, razón por la cual inicié de emergencia la tarea de conseguirle un sustituto, algo difícil pues para el papel de prelado de alta jerarquía él parecía mandado a hacer.

Estando en esas, y sin poderle telefonear pues ya desde entonces las chuzadas podían evidenciarle a sus enemigos su posible escondite o itinerario, se me apareció Santiago de repente, con las manos atrás y los pies juntos alzándose varias veces sobre las puntas de sus zapatos, y tratándome con el apodo que me clavó desde los inicios de nuestra amistad: “Monseñor Crisanto Luque, necesito los diálogos de mi personaje”. Intenté hablarle del peligro que se cernía sobre su humanidad física y le dije que iríamos ya mismo a la policía local a exigir la debida protección para su persona, a lo que me contestó que me dejara de pendejadas y que por favor le dijera dónde quedaba la sección de vestuario para ir a hacerse las pruebas.

Nunca supo Santiago que durante los cuatro días que estuvo en Filandia, dos policías lo cuidaban a prudente distancia, lo que hacía de ellos unos guardaespaldas simbólicos.

A dos días de estar en el lugar, sin embargo, se regó la bola entre los de la película de que un forastero andaba preguntándoles a algunos de ellos cómo encontrar a un señor llamado Santiago García, indagación que obtuvo de todos la invariable respuesta de que no sabían de quién se trataba. Al fulano no lo rebajaban de “tipo con extraño aspecto”, de “enruanado con cara de criminal”, y cosas de esas. En previsión, y sin aclararle el motivo, tratamos de cambiar de domicilio al amenazado varias veces, a medianoche, a lo que se rehusó diciéndonos que lo dejáramos dormir tranquilo. Difícil responder así por la seguridad de un perseguido tan resabiado.

Al tercer día, un muchacho de producción llegó agitado al set a contarnos que el maestro estaba tomando tinto en la esquina con el hombre raro. Corrimos allí todos en gavilla, en plan de salvarle la vida, y Santiago nos recibió entre regañándonos y burlándose: “Maricas, este señor es un campesino de Sumapaz que me mandaron los de “La Candelaria” dizque para que me cuidara. Lo que pasa es que yo le dije que si no le parecía muy aburridor andar todo el tiempo detrás de un tipo tan jarto como yo, al que nadie va a hacerle nada. Y le propuse que más bien se fuera por ahí a preguntarles a ustedes por mi paradero”.

–Y por qué nos hacés esto, Santiago –le dije con cierta piedra.

–Pues para asustarlos y ponerle emoción a esta vaina. Es que ustedes son muy serios –fue su respuesta.

Esta travesura es una de las muchas obras de Santiago García que no figuran en su repertorio oficial como dramaturgo y actor. Me sumo a los homenajes que se le tributan por estos días al Maestro que lo único que ha hecho en su vida ha sido buen teatro, inclusive en las tablas.

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