Por: Arturo Guerrero

Santísimo fútbol

El fútbol es sufrimiento, dicen los hinchas cuando pierde su equipo. Nos sentimos abandonados, dicen los futbolistas cuando cae sobre ellos el desánimo del pueblo ante la derrota.

¨Sobrenaturales¨, titulan las revistas fotomontando en portada a los jugadores cracks, con capa de superhéroes. De ¨cósmico¨, califican al goleador los azuzadores de la radio.

En un instante el ánimo del mundo colapsa o sube a la gloria, de acuerdo con el resultado puntual de un juego. Hay muertos si se celebra esa gloria, hay muertos si se llora por el fracaso. La figura del entrenador experimenta idéntica fluctuación drástica, de acuerdo con la cábala secreta del gol.

La masa humana ante el fútbol se comporta igual que ante el destino, la muerte, el más allá. Está desvalida, sufre el vértigo sumo de lo fatalmente desconocido. Todos los hombres son sabios en las técnicas, tácticas, trampas, formaciones necesarias para el triunfo. Todos tiemblan como niños perdidos, a la hora suprema de las definiciones.

El fútbol es temblor de tierra, bomba atómica, tsunami, rayo que raya. El fútbol es dios. Por eso es religión, igual que las creencias de hace dos milenios y medio, igual que los fanatismos de la Edad Media, igual que los fundamentalismos que hoy cortan manos y sacrifican victimas en videos.

Por encima de la experiencia, más allá de los entrenamientos y disciplinas, indiferentes a los millones invertidos en comprar estrellas, el silogismo máximo de los futbolistas al responder por el marcador es ¨se nos dio¨ o ¨no se nos dio¨. Verbo en modo reflejo, sin persona que responda. ¿Quién nos da, quién no nos da?

El dios del fútbol les habla por igual al portero del edificio y al dueño del pent house, al taxista y a la pasajera encopetada, al mensajero y al gerente. Cada cual se apropia de su lenguaje fácil, de su filosofía utilitaria, de su tecnología elemental, y todos concuerdan en la ignorancia completa sobre los resultados del partido.

Como las religiones multitudinarias, el fútbol es democrático y sencillo, nivela por lo bajo a las inteligencias, otorga común satisfacción de sabiduría y poder. Pero el pueblo abdica esta sabiduría y este poder en las extremidades inferiores de once delegados de las deidades, no siempre agradecidos de semejante transferencia.

Ninguna de las adoraciones que hoy sobreviven compite con la conflagración universal provocada por el fútbol. Tres cuartas partes de la humanidad se repantigan fervientes cada día ante pantallas a sufrir por sus ídolos, en ritual orbital nunca antes frecuentado.

El juego del balón se ajusta con escrúpulo a los distintivos de la civilización imperante: competencia, éxito, millones de dólares, zancadilla, imagen, juventud, suerte, heroísmo de unos pocos, decadencia, ferraris en colisión. Es omnipresente, no respira, organiza copas, recopas, repechajes, aquí, allá, siempre, en todas partes.

Es veleidoso, como las divinidades antiguas. Nunca tiene la culpa, como las divinidades de todos los tiempos.
 

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