Por: Alejandro Gaviria

Santo súbito

EL DOMINGO PRIMERO DE MAYO, en la Plaza de San Pedro, Juan Pablo II será declarado beato por Benedicto XVI.

La ceremonia de beatificación contará con la presencia de importantes personalidades de todo el mundo. Allí estarán el príncipe de Asturias, el primer ministro francés, el presidente mexicano, la primera dama de la República Dominicana, etc. Colombia estará representada por la canciller, María Ángela Holguín; por los presidentes de los partidos políticos (ojalá no lleven carriel) y por las altas autoridades eclesiásticas. Los asistentes serán testigos privilegiados de un hecho histórico, inusual: por primera vez en mil años un papa será beatificado por su sucesor.

Pero la rápida beatificación de Juan Pablo II no es un hecho aislado. Todo lo contrario. Es representativo de una tendencia, de la misteriosa multiplicación de los beatos y los santos durante los últimos dos papados. El economista Robert Barro, profesor de la Universidad de Harvard, candidato al Premio Nobel de Economía, un investigador serio, aplomado, publicó recientemente un minucioso análisis de las beatificaciones y las canonizaciones ordenadas por los últimos 38 papas. El análisis comprende más de 400 años de historia pontificia: comienza en 1590 con Sixto V y termina en 2010 con Benedicto XVI.

“Para cada papa —escribe Barro, en el estilo circunspecto de los académicos— computamos la tasa anual de beatificación”. Los papas estudiados nombraron en promedio un beato por año. En general fueron recatados, económicos, amarretes en sus bendiciones. Pero los últimos dos papas rompieron una larga tradición. Comenzaron a beatificar a diestra y siniestra. Como alma que lleva el diablo. Juan Pablo II proclamó 319 beatos en sus 26 años de papado, más de 12 por año en promedio. Benedicto XVI no se ha quedado atrás. Está beatificando a la no despreciable tasa de 11 anuales. Ya lleva más de 60 beatos a cuestas.

Algo similar ha ocurrido con las tasas de canonización. Históricamente los papas canonizaban a duras penas un beato cada año. En su largo papado Juan Pablo II canonizó tres anuales en promedio. Benedicto XVI está canonizando al endemoniado ritmo de seis beatos por año. ¿Qué explica la exuberancia de los dos últimos papas, su fiebre beatificante y santificadora? La respuesta no es simple. Al fin de cuentas estamos ante asuntos divinos que involucran milagros y otras hazañas difíciles de discernir para el común de los mortales.

Barro propone, sin embargo, una explicación interesante. Malpensada, podríamos decir. En su opinión, Juan Pablo II y Benedicto XVI convirtieron el santoral en un instrumento político. O politiquero. Ambos nombraron beatos y santos de manera selectiva. Los nombramientos se concentraron en los países donde la competencia de la Iglesia Católica con las iglesias evangélicas era más intensa; esto es, el santoral se usó estratégicamente para conseguir o conservar los fieles. Y probablemente también para pagarles favores al Opus Dei y a otras organizaciones aliadas en la lucha política dentro del catolicismo. Resumiendo: el Vaticano ha venido usando una forma extraña de clientelismo, una práctica non sancta sin duda.

Quién iba a pensarlo, pero los presidentes de los partidos políticos colombianos, nuestros representantes en la ceremonia, tienen mucho en común con los dos últimos pontífices. Dios los cría…

 

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