Por: Alvaro Forero Tascón

Santos

La prueba de la importancia de un político es haber transformado estructuralmente su sociedad o no.

Todo gobernante hace cambios, pero solo algunos cambios modifican el ADN de las sociedades, y por ende transforman su esencia y perduran en el tiempo. Por eso hay mandatarios administradores y gobernantes transformadores. Los primeros tienden a encargarse de los asuntos inmediatos, que son los que más importan a los ciudadanos, mientras los segundos se enfocan en los cimientos de las sociedades, que son menos visibles porque están sumergidos. Cambiar los segundos es mucho más difícil porque implica desenterrar la estructura del edificio, haciéndolo tambalear a veces, en lugar de construir nuevos pisos o embellecer la fachada, que genera sensación de progreso.

El sistema político colombiano estuvo sostenido 70 años sobre los cimientos del anticomunismo. Desde la muerte de Gaitán, pero sobre todo desde la creación de la guerrilla de las Farc a principios de los años 60, la legitimidad de los partidos se basó en defender al Estado de la amenaza comunista, avalados por la geopolítica mundial. Eso implicó deslegitimar a la izquierda, impidiendo que tuviera posibilidades de llegar al poder. Este factor para garantizar el monopolio de la centro derecha desequilibró la política. Como todo monopolio, introdujo distorsiones políticas enormes, borrando los incentivos para hacer reformas de fondo. Ello llevó a que en Colombia se convirtieran en parte de la idiosincracia nacional cuatro plagas: ilegalidad, impunidad, inequidad e informalidad. El uso vistoso de la fuerza estatal contra el comunismo bastaba para legitimar un sistema político que encubría la corrupción, el clientelismo, el populismo, etc.

Al desmontar políticamente a las Farc, Juan Manuel Santos desactivó el sistema que lo llevó al poder, dejando un periodo de transición que ha generado tensión e incertidumbre, pero que en el mediano plazo deberá rendir los frutos de una democracia normalizada en que la competencia política real, como una mano invisible, se encargará de equilibrar una sociedad profundamente desbalanceada.

Santos fue un representante genuino de la tradición liberal reformista de López Pumarejo, los Lleras, Barco y Gaviria, que como el primero tuvo la resistencia feroz de la tradición laureanista para tratar de atajar la reforma más importante desde la nueva Constitución, y sus efectos modernizantes y cosmopolitas.

Laureano Gómez aparentemente ganó su disputa con Alfonso López Pumarejo, logró forzarlo a renunciar. Posteriormente llegó al poder él para deshacer las reformas progresistas de López. Fracasó en el intento, y a pesar de que obligó al liberalismo a concederle beneficios políticos enormes a su partido con el Frente Nacional, el veredicto de la historia ha sido implacable. En el ranking presidencial con la evaluación de 20 de los mejores historiadores, publicado en la carátula de la revista Semana en 2010, López Pumarejo fue calificado como el segundo mejor presidente de la historia, y Laureano como número 41, penúltimo. Álvaro Uribe quedó en el puesto número 20. Falta ver qué lugar en la historia obtendrá Juan Manuel Santos con su osada reforma que lo consagra como uno de los presidentes más democráticos, honor grande en una democracia imperfecta.

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