Por: Óscar Sevillano

Santos el nobel de Paz

León Valencia, analista político y director de la Fundación Paz & Reconciliación tiene una frase: “Uno no es como cree ser, sino como las demás personas lo califican”. Siguiendo esa línea, podría concluir, luego de haber leído el libro de la periodista Vicky Dávila El nobel, en donde diferentes personajes de la vida política nacional hablan de la manera como perciben al presidente Juan Manuel Santos, que fue un  mandatario que obedeció únicamente a su manera de pensar,  y que supo aprovechar las oportunidades que los distintos momentos le ofrecían para sacar adelante sus propósitos y ambiciones, así para esto tuviera que hacerse a extraños matrimonios.

En la mente de muchos colombianos está la percepción de que Juan Manuel Santos traicionó a Álvaro Uribe Vélez, quedó mal ante Nicolás Maduro, utilizó a la izquierda y uso a la derecha según su conveniencia política. Dice Vicky Dávila en su libro que el presidente es un hombre con poder, pero sin votos —y tiene razón—, por tanto, no era de extrañar que para llegar al poder se acomodara a alguna circunstancia que le fuera favorable, y para mantenerse por un período más se aliara con el bando contrario. Al fin de cuentas, “solo la política hace extrañas parejas”.

Lo cierto es que Santos no podía ser la continuidad de Álvaro Uribe Vélez. Su manera de ser, su educación y su origen social son muy distintos a su antecesor. El primero proviene de una élite económica y política en Colombia de tradición, mientras el segundo es de una clase política regional de carácter emergente. El actual mandatario es calmado, frío, distante y calculador, y el expresidente es populachero y a la vez impulsivo y camorrero. El segundo es una persona de odios y amores, y con el primero nunca se sabe en qué está pensado, ni cuál va a ser su próxima jugada, ni mucho menos si se es amigo o enemigo.

Aunque el presidente Santos en el inicio de su mandato dio muestras de que el combate a las Farc seguiría su curso normal (las bajas del Mono Jojoy y Alfonso Cano son la prueba fehaciente), algo empezó a cambiar en su manera de gobernar a Colombia. La Ley de Víctimas y Restitución de Tierras, el cambio de la terna para elegir fiscal general de la Nación, la elección de Vargas Lleras como ministro del Interior, el ingreso del Partido Liberal a la coalición de gobierno, el restablecimiento de las relaciones con Ecuador y el calificativo a Hugo Chávez como “su nuevo mejor amigo” dieron las primeras muestras. Desde esos momentos se comenzó a hablar de una “traición a Uribe”.

No voy a defender al primer mandatario, pero sí quiero recordar que la tendencia de los últimos presidentes en Colombia ha sido la de utilizar a los demás en momentos cruciales de sus mandatos. Lo hizo Uribe con Yidis Medina para que con su voto fuera aprobada la reelección presidencial y después no le volvió a contestar el teléfono; lo hizo Andrés Pastrana con Ingrid Betancourt, a quien invita a formar parte de la Gran Alianza por el Cambio, y luego de llegar al poder le da la patadita de la buena suerte, incumpliéndole el compromiso de un posible llamado a una constituyente que permitiera sanear las costumbres políticas en Colombia.

El actual mandatario no iba a ser la excepción. En lo que sí estoy de acuerdo con quienes entrevista Vicky Dávila en su libro es en que esta manera de actuar en Juan Manuel Santos fue constante.

Pueda que para los colombianos del común una traición sea un acto despreciable, sin embargo hay que ser claros en una cosa y es que esta manera de actuar, detestable para muchos, en política es el pan de cada día. Es el único lugar donde no existen las amistades, sino donde más bien se cuenta con aliados para diferentes circunstancias, por tanto, no se nos debe hacer extraño que Santos se haya apartado de Uribe luego de ser elegido, —total— nunca fueron amigos. Son dos personas que se necesitaron mutuamente en determinado momento.

Tampoco se nos debe hacer extraño que Germán Vargas Lleras haga lo mismo si es elegido presidente de la República porque, al igual que en el caso anterior, con Juan Manuel Santos, a pesar de pertenecer a la misma élite social y haber sido su vicepresidente y ministro, tampoco son amigos y, como bien dice el texto de Vicky Dávila, da la impresión de que existe desconfianza mutua entre ambos.

En cuanto al Premio Nobel, que haya sido el objetivo principal para jugarse su popularidad con el proceso de paz, eso solo lo sabe Juan Manuel Santos, quien se preocupó más por su imagen en el exterior que por hacerse querer de los colombianos, demostrando que el refrán que dice “luz de afuera, oscuridad de adentro” tiene algo de cierto.

Soy de los que cree que el destino de Juan Manuel Santos está en el exterior, posiblemente en Londres, no viviendo en el Palacio de Buckingham, a donde le gustaría ser nuevamente huésped, pero sí en una ciudad que parece haberle adoptado a él y a su familia desde mucho tiempo atrás. Regresará a Colombia, no lo dudo, como tampoco dudo que será escuchado y consultado, porque nuestro país es el único territorio en el mundo entero donde, por razones que aún no logro entender, se es más importante y se gana más prestigio como expresidente que como presidente, no en vano hoy por hoy tenemos a Ernesto Samper y Andrés Pastrana dando clases de buen gobierno y a Álvaro Uribe dictando cátedras de moral, buenas costumbres y convocando marchas contra la corrupción.

Por último, quiero recomendar el libro de la periodista Vicky Dávila El nobel, donde a través de entrevistas con diferentes personajes de la vida nacional se demuestra la manera como los colombianos califican al presidente de la República, Juan Manuel Santos Calderón, ganador del Premio Nobel de Paz en el año 2016.

@sevillanojarami

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