Por: Juan Gabriel Vásquez

Santos en México

JUAN MANUEL SANTOS LLEGÓ A LA Presidencia montado en el caballo uribista, pero en cuestión de un mes ha roto o desarmado el legado del uribismo de maneras que los críticos más convencidos de Uribe nunca hubiéramos podido sospechar.

El gobierno de Uribe se montó sobre la crispación, la descalificación y aun persecución de los opositores, el desprecio por la Constitución, el enfrentamiento con los otros poderes y el puritanismo ideológico. Y luego llega Santos, y en treinta días dice lo de la unidad nacional, dice lo del entendimiento con las Cortes, dice lo del respeto a la Constitución, dice (y hace) lo de la reconciliación con Venezuela y con Ecuador. Y luego llega a México y, frente al tema de la legalización de las drogas, dice esto:

— Ese tipo de reflexiones hay que hacerlas.

Por supuesto que son sólo palabras. Pero también el gobierno de Uribe se hizo con palabras: “Le doy en la cara, marica”, o bien “sea varón”, o bien aquello que dijo una vez en Cartagena: “Hay muchísimas personas amigas de la legalización que están en silencio, agazapadas, esperando que no triunfen nuestras políticas de erradicación, para decir: se ha perdido la guerra contra la droga, hay que legalizarla”. Y qué quieren ustedes: para cualquier persona, agazapada o no, una guerra que no se ha ganado en cuarenta años es una guerra perdida. Uribe no sólo siguió sin ganarla, sino que volvió a penalizar la dosis personal. Muchos nos cansamos de sugerir que una cosa es el consumo de drogas (un problema de salud pública) y otra cosa es el narcotráfico (un problema de orden público, corrupción estatal y violencia desenfrenada). Nos cansamos de recordar el caso-probeta de la Prohibición norteamericana. Nos cansamos de pedir el debate. Uribe, mientras tanto, practicó la muy suya política del no-oigo-no-oigo-soy-de-palo.

Por eso es importante lo que dijo Santos en México. Tiene razón Daniel Pacheco cuando dice que esas palabras tendrían que haber sido titulares en la prensa colombiana: admitir que el debate sobre la legalización de las drogas es necesario rompe con todo precedente, y no sólo en Colombia. Y tiene razón Santos cuando dice que lo que pase con el referendo de California en noviembre, cuando uno de los estados más poderosos de Estados Unidos decida si legaliza o no la marihuana, afectará al resto del continente. A un campesino colombiano, dijo Santos, no se le puede explicar que se le lleva a la cárcel por cultivar algo que en Estados Unidos es legal. También en eso tiene razón.

Pero también tiene razón en otra cosa: la legalización, dijo Santos, “es una utopía mientras el mundo entero no entre en esa línea”. No voy a discutir el uso de la palabra “utopía” —cuyo significado, al parecer, sigue siendo un misterio para nuestros políticos—, porque el fondo de la declaración es correcto: mientras en los países consumidores no sea legal la droga, no tiene ningún sentido que la legalicen los productores. Para que la droga deje de tener el poder de corrupción que tiene, para que su comercio deje de ser la industria más mortífera del mundo y vuelva a ser sólo el problema sanitario que fue antes de 1970, todos tienen que ponerse de acuerdo. Esto nunca me ha parecido posible. Pero ahora un presidente ha reconocido la importancia de dar el debate. Y debatir es el primer paso.

 

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