Por: Lorenzo Madrigal

Santos en sala de espera

NO SE INMUTARON LOS PERIÓDIcos del sábado con la noticia de la cancelada reunión presidencial de Cartagena. Como si poco o nada hubiera pasado. No importaron los preparativos, fueron de menos las viandas, los aposentos, la fuerza pública desplegada a lo largo del recorrido previsto.

Ministros a la espera, tal vez empresarios malpagos, pero sobre todo, como si nadie fuera, el señor presidente de la República de Colombia. Somos tan excesivamente demócratas que el presidente (en los años cuarenta: el excelentísimo señor presidente) es cualquier persona que viste y calza, entre otras razones, por la facha ordinaria con que este alto funcionario suele presentarse en tierras cálidas.

Digo, pues, que el mandatario de nuestra sufrida Nación debió pasarla jugando con el llavero y secándose el sudor de la frente, mientras el ilustre visitante, el deseado de las naciones, anunciaba averías de avión y demoras, que de alguna manera acrecientan la expectativa de su arribo. Es la filosofía ciceroniana: ser esperado, ser precedido (precedi, en el término original de su tratado sobre la vejez), jugosa vanidad para los paladares de un Fidel Castro, cuando aún podía viajar, y ahora para su imitador venezolano.

Pero aclaro, al desairado presidente de Colombia le encontraron oficio en una escuelita de niños (vaya, unos grandulones, que parecían guardaespaldas), a los que les hizo prácticas de vocalización. Entre tanto un avión moderno, de un país rico, era sometido a la tecnomecánica en los hangares de Evo, en Bolivia, donde reposa otro de última generación, pero, según se dijo, sin pilotos.

Se entiende que de Washington no corrieran a mandarles el repuesto, pero un Sukhoi o cualquier otra nave de guerra nos podía haber disparado a Hugo Chávez hasta Cartagena, si era cierto lo del daño del presidencial.

La disculpa suena a disculpa. Nuestra bonita canciller, alma de Dios, informa, absolutamente desinformada, que el presidente (dictador) de Venezuela llegará a las tres de la tarde; luego, que los dos mandatarios hablaron y quedaron de verse el sábado 9 de abril, como si Chávez hubiera escogido precisamente el día en que se conmemora a Gaitán, del cual ha querido apoderarse como se apoderó de Bolívar.

Algo está latente. Es claro que Washington debe estar que trina por la entrega prometida de Makled, el extraditable sirio-venezolano, al gobierno de Caracas. Fácil es imaginar que a Santos lo ha puesto a dudar el fantasmagórico embajador, señor McKinley, de quien algún día se revelarán sus iras en un wikileak de años venideros.

Chávez, en la mala compañía de Evo, quien alimenta odios primarios contra Norteamérica, se quedó disimuladamente en Cochabamba. Regresó a Caracas con las luces encendidas en el mismo aparato que no fue apto para llegar a la Heroica. Julian Assange, ¿qué pasó?

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