Por: Juan Manuel Ospina

Santos, la paz bien vale sacrificar una reelección

¿Qué tienen en común Arafat el líder palestino, Hussein rey de Jordania, Isaac Rabin primer ministro israelí y Simon Peres actual presidente de Israel? Qué fueron exitosos y despiadados guerreros que individualmente, desde sus respectivas orillas y a partir de trabajar con los datos de la realidad y no con la vaguedad de sus sueños, adelantaron un ejercicio de razonamiento, de realismo y de humanidad que les llevó a jugársela a fondo por la solución política del conflicto armado más antiguo y complicado del mundo contemporáneo.

Lo pienso  de regreso de un  Medio Oriente donde nació  nuestra civilización occidental con sus  raíces judeo cristianas,  que compartimos  con  la civilización musulmana. Vivo  el  reencuentro  con una Colombia  sumida en sus enredos, apresada por  una cotidianidad sin horizonte ni esperanza; avasallada por el desbordamiento de  los intereses personales o grupales que  abonan  la  corrupción; una Colombia donde agoniza cualquier posibilidad de definir el  interés general, de acordar una propuesta de país que nos permita levantar la cabeza  por sobre tanta pequeñez y politiquería para  concebir  “aquí y ahora” ese  acuerdo nacional.

Superar tanta mediocridad, solo será posible si se logra terminar el  conflicto armado, condición previa necesaria para iniciar el arduo camino hacia la paz, entendido como un ejercicio de transformación social, política e institucional. ¿Cómo? Concluyendo con dignidad, realismo y compromiso  las negociaciones de la Habana.   Negociación que está   amenazada de muerte por el virus de la inmediatez y de los intereses personales o grupales, que siguen vivos,  coleando y haciendo de las suyas. El antibiótico para atajar la infección es sencillo de formular,  que Juan Manuel Santos se la juegue a fondo por la paz. Y para lograrlo se requiere una decisión suya que no le es fácil de tomar, pero en la cual le va su futuro y su trascendencia  como gobernante, renunciar a la reelección. Insistir en ella  pone en peligro el proceso habanero y por ende  su puesto en el “panteón de los grandes”, sueño propio de la vanidad de todo presidente.

Si Santos tiene grandeza y sentido de la Historia está en mora de darle  la espalda a  la arena electoral para jugársela entero por la paz. Solo así tendría la credibilidad requerida para jugar duro en la mesa de negociación y frente a un país dispuesto a acompañarlo en la empresa solo si ve claridad, sinceridad y decisión en la acción y el compromiso presidencial. Santos podrá entonces tener la contundencia que le daría liberarse  de  los acosos cotidianos de las encuestas, del asedio oportunista del uribismo, del escepticismo ciudadano frente a un Presidente percibido como indeciso y confuso en sus reales intenciones y, en fin, dejaría sin piso las escaramuzas  y aventones  de una guerrilla que busca capitalizar  la falta de claridad del Presidente, que   asocian con su  afán electoral. 

Santos, que dicen  es un buen jugador de póker, sabe que no se gana “cañando” todo el tiempo; que  le llegó el momento de apostar; que las cartas están echadas y  que en sus manos y decisión está  ganar  el juego. En este momento el escenario es claro: o el Presidente se la juega a fondo con la negociación o va a quedar mal con todo el mundo, derrotado políticamente  y mal calificado por  sus contemporáneos y  el inapelable “Tribunal de la  Historia”. Jugándosela ya  puede lograr  negociar el fin  del conflicto y  trazar el camino hacia un país digno y en paz.  En caso  de no lograrlo  se le reconocería que estuvo a la altura del desafío y de su responsabilidad y que evitó sumirse   en las arenas movedizas de la nefasta reelección.

Este es un sueño alimentado por  el ejemplo de dirigentes palestinos y judíos como Arafat y Hussein, Rabin y Peres, quienes en medio de dificultades y malentendidos sin nombre comprendieron  y asumieron  el sentido y alcance de sus responsabilidades como estadistas. Miraron   de frente a la realidad  y a   su conciencia  para tomar decisiones polémicas pero necesarias, que pusieron en riesgo  su comodidad y hasta sus vidas. Se la jugaron con tareas de alto riesgo,  las que  le abren el camino a la Historia y al progreso con rostro  humano, a la par que le recuperan la   dignidad y la legitimidad a la dirigencia. Para Juan Manuel Santos, renunciar a la reelección por la paz, seria su decisión histórica.

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