Por: Rafael Orduz

Santos sí trasciende, si…

Es angustioso escuchar líderes que dicen van a echar para atrás el proceso de paz apenas triunfen en el 2018. Oírle decir al conductor del taxi, evangélico, que Santos trabaja con Maduro y las Farc para convertir a Colombia en Venezuela, que es una trama del demonio. Que hay plata para los guerrilleros y no para los maestros. Leer las columnas ilustradas del apocalipsis que ya llega. Saber cómo se montó el mercadeo político de la campaña del No, según el eufórico Vélez, su director.

Sin embargo, pese a sus fallas, un hecho innegable del proceso de paz: entrega de armas, reducción del número de homicidios por cuenta de ese obsoleto y caduco conflicto. Paciencia, perseverancia, tenacidad, hay que abonárselas a Juan Manuel Santos y su equipo. También, en lo que les corresponde, a las Farc, que comprendieron que ya no había mas espacio, ni político ni militar, para su proyecto de toma del poder.

No importa cuáles sean los índices de su gestión en lo que resta de su administración: su legado, grande, va a trascender. Lo veremos dentro de una y dos generaciones. De lejos quedarán atrás, con el paso de los años, las aves de mal agüero y quienes no supieron leer, o no quisieron por cuenta del peso de los egos, en qué rivera colocarse.

Negociar fue difícil, llegar a un acuerdo, aún más. Sin embargo, el reto gigantesco no está, solamente, en si se cumple lo pactado, en si este leguleyo país se atraviesa a los acuerdos. Lo descomunal está en otra esfera: la construcción de una cultura de paz, reto de varias generaciones.

Las Farc, finalmente, suman algunos miles de militantes. Qué harán, qué aprenderán los rasos, qué apoyo recibirán, cómo harán política los líderes, cómo se les protegerá la vida, son temas que se pueden resolver. Son ámbitos acotables, con costos calculables, factibles de cumplir.

Lo verdaderamente difícil radica en otros campos que no pueden desarrollarse por ley ni por disponibilidad presupuestal. Es lo que la sociedad colombiana no ha aprendido en muchas décadas, más de las cinco que se asocian con el conflicto que termina: convivir en paz.

Es la cultura de no escuchar al otro, de no respetar las diferencias políticas, religiosas, de orientación sexual, de raza y etnia en este, por fortuna, diverso país. Es la arraigada desconfianza que nos hace orgullosos del dicho “piensa mal y acertarás”, fórmula aplicada en la política, la economía y la vida cotidiana en general. No somos conscientes de que a mayor desconfianza entre los asociados, mayor corrupción y más violencia.

El reconocimiento del otro es requisito para que se abran las puertas de la reconciliación. Perdonar es, también, un derecho; es decir, nadie está obligado a hacerlo. No obstante, sin escuchar, sin reconocimiento, sin verdad, de todos los lados, no construiremos una sociedad con la capacidad de convivir en paz.

He ahí el liderazgo que Colombia requiere en los próximos 30 años.

 

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