Por: Alfredo Molano Bravo

Santos en la Universidad Nacional

Hacía medio siglo que un presidente de la República no entraba a la Universidad Nacional de Colombia.

El último fue Carlos Lleras Restrepo en el año 67, a la facultad de Agronomía para inaugurar la sede del instituto colombiano agropecuario (ICA), financiado por la Fundación Rockefeller. No fue una visita amistosa, se trataba más bien de una provocadora retaliación por la famosa asonada que le montamos en el 65 siendo candidato a la Presidencia de la República, cuando lo sacamos de la facultad de derecho a cocotazos. Lo salvó el decano, doctor Naranjo Villegas, guareciéndolo en la cafetería, y lo rescató el Ejército en tanquetas de guerra. Uno y otro hecho lo vivimos los estudiantes de la época como si nos hubieran violado a la mamá. Por eso en el 67, la pelea fue mayúscula. Piedra, gases, tropa y órdenes de captura a dirigentes estudiantiles.

La UN era un fortín ideológico del movimiento estudiantil que había ganado gran prestigio político a raíz de los hechos del ocho y el nueve de junio del 1954, cuando los estudiantes rompieron la luna de miel que los partidos vivían con Rojas Pinilla que dejaron una docena de muertos en Bogotá, incluido Uriel Gutiérrez, abaleados por tropas del Batallón Colombia. La UN era protagonista política de primer plano. Cuando se impuso el Frente Nacional, el movimiento estudiantil se convirtió en una fuerza de oposición y levantó a la par y de nuevo la bandera de la autonomía universitaria. En esas luchas nació el Frente Unido de Camilo Torres, que recuperaba tesis liberales de Gaitán y agitaba las ideas revolucionarias de Fidel y del Che. Queríamos tumbar el cielo a piedra y nos preparábamos para cambiar la forma de lucha convirtiendo la ciudad universitaria en un campo de guerra experimental.

Lleras nunca perdonó la azotada ni los motines ni las barricadas. De esas turbulentas aguas bebieron la gran mayoría de estudiantes e intelectuales que se vincularon a las guerrillas en los años siguientes: Federico Arango, Antonio Larrotta, Tulio Báyer, Manuel Vásquez Castaño, Julio César Cortés, Hermides Ruiz, Armando Correa, Hernando González, el flaco Bateman, Álvaro Fayad, Lucho Otero, Carlos Pizarro, para nombrar sólo los muertos. En fin, una larga fila de jóvenes que dieron la vida por sus ideales. Más aún, la mayoría de los comandantes guerrilleros de hoy fueron inspirados en ese movimiento estudiantil que conmovió al país en los años 60 y 70.

La semana pasada el presidente Santos estuvo reunido en el santo santorum de la UN —el auditorio León de Greiff— con los estudiantes de primer semestre. Un hecho de gran significación que algunos han calificado como demagógico y otros como un paso audaz. Para mí, ni tanto de lo uno ni tanto de lo otro. Me parece que fue un encuentro anticipado con un país donde no será delito pensar distinto y donde las armas de la crítica sustituyan a la crítica de las armas. Santos no se volvió camilista ni los primíparos fueron asaltados en su buena fe. Fue la posibilidad de comenzar a vivir sin matarnos.

El presidente fue valeroso al enfrentarse a un auditorio hostil. Los estudiantes pusieron de su parte al no recibirlo a tomatazo limpio. Hubo rechiflas, abucheos, gritos, pero Santos, De La Calle y Gina pudieron hablar y los estudiantes los oyeron. No hubo una gran polémica, ni lo que dijeron las partes fue de gran vuelo, pero estoy de acuerdo con la compañera Sara Abril, voz cantante del estudiantado, que dijo que el presidente se equivocaba al pensar que la Nacho era una de las mejores universidades del país, cuando la verdad —afirmó— es la mejor. Y ello se traduce en el desdén presupuestal por parte del Estado. Lo que se sacó en blanco sobre negro es que sin fierros podemos oír lo que decimos.

Lo que se vivió en el León de Greiff parece ser un viento que sopla del futuro. No se trata de un abrazo colectivo después de tanta sangre. Se trata de que se pueda sostener una verdad sin atropellar ni negar la del otro.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Alfredo Molano Bravo

Mientras regreso…

Desparchados y encombados

El “Alfonso Cano” que conocí

Delito de hambre

¿Y ahora qué?