Por: Reinaldo Spitaletta

Santos-Uribe: ¿la misma vaina?

Ahora quieren polarizar al martirizado país entre Santos y Uribe, ambos reeleccionistas. Quieren, unos, hacer creer, por ejemplo, que el denominado uribismo es la oposición al proyecto del actual presidente, ahora candidato.

Y otros ven en este último a alguien “progresista” y hasta humanitario porque ha repartido casas gratis. Me parece que a Colombia, es decir, a la mayoría de la gente que padece la economía y la violencia y el despojo y las reformas contra la salud pública, le ha ido mal con uno y con el otro.

Quieren hacer creer a la opinión pública, en el presunto caso de que aquí hubiera opinión pública, que Uribe es la oposición a un proyecto ya vetusto, consistente en entregar a las transnacionales y a los Estados Unidos el mercado, el agro, la biodiversidad… El programa de gobierno santista no se deslinda, en esencia, del uribismo. Es una prolongación de aquel mediante otros discursos. Quizá con una forma más elegante, sin tanta vulgaridad, pero, tal vez por eso, menos visible en las maniobras de feriar lo público y abrirse de piernas ante los intereses extranjeros.

Uribe y sus paniaguados aúllan frente a los diálogos de La Habana y dicen parecen sentir una especie de nostalgia desechable por la llamada “seguridad democrática”, que no era otra cosa que autoritarismo y limitación de derechos públicos, pero callan, por ejemplo, frente a las alzas de gasolina, o ante las intentonas de reformas a la salud, más antidemocráticas que las anteriores, o ante la “locomotora minera”. En cuanto al caso de la gasolina, hay que recordar que Uribe privatizó a Ecopetrol, y parte de sus ganancias pasan a accionistas privados.

Sabemos que Santos, al que algunos consideran un ajedrecista, o un jugador de póker, fue una carta clave del uribismo. Cómo olvidar, por caso, aquella nefasta acción estatal de los “falsos positivos”, derivados precisamente de la cacareada “seguridad democrática”. O su simpatía por los tratados de libre comercio, en especial con Estados Unidos, promovidos por Uribe y suscritos por el hoy candidato a la reelección. Ah, y algunos coristas del señor del Ubérrimo lo llaman “traidor”.

Lo que habría que decir es que Santos perfeccionó el neoliberalismo uribista (y el de sus antecesores). Una muestra podría ser las intenciones irreversibles de vender a Isagén, a la que el mismo Señor de las Sombras se opone, más como expresión demagógica y de oportunismo, que como asunto de patriotismo. Santos tiene en su gabinete una cuasi copia de aquel “Uribito”, en el Ministerio de Agricultura. Pero hay cosas peores: como el marchitamiento en el país de hospitales públicos, o como la intentona de una regresiva reforma a la salud (la 210).

Sobre esta última posibilidad, los estudiantes, internos y residentes de medicina de la Universidad de Antioquia compusieron, grabaron y cantaron una parodia: La cinta negra, que en las redes sociales ha sido la sensación (http://www.youtube.com/watch?v=1TanwwxcNqU&feature=youtu.be). La parodia de la “Camisa negra”, de Juanes, muestra de luto a la salud y convoca a marchar contra el abuso oficial.

La imagen de Santos, a la que los paros agrario, del transporte, cafetero y otros, pulverizaron, intenta sobreponerse a su desgaste con un discurso en torno a la paz (es obligación de todo mandatario buscar la paz), la restitución de trece mil hectáreas de tierras, la reducción de la tasa de homicidios y la entrega de más de doscientas mil viviendas gratis, entre otros aspectos que tienen que ver con lo que el santismo llama la construcción de un país moderno. Pero la realidad ha vuelto trizas su consigna de “prosperidad para todos”.

Tanto su antecesor como él tienen una política elitista, disfrazada con discursos populistas o sensacionalistas. Uno y otro quieren impresionar a la “galería”, pero, en esencia, sus posturas y acciones nada tienen que ver con el progreso material y cultural de la mayoría de olvidados por la fortuna, en un país de miserias sin cuento. No es suficiente regalar tabletas y computadores a los niños del Chocó, cuando carecen de lo elemental.

Polarizar, entonces, la política nacional con dos caras de una misma moneda no deja de ser un mecanismo de distracción para que los auténticos opositores al establecimiento no puedan promover sus plataformas y programas contra el régimen. Qué vaina.

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