Por: María Teresa Ronderos

Santos y su espejo

NO ALCANZÓ A POSESIONARSE EN LA Presidencia Juan Manuel Santos, cuando se aseguró de que la gente viera que en su gobierno habría borrón y cuenta nueva.

Después del primer gabinete de Anapoima, con profesor de Harvard a bordo, anunció que la brújula que orientará los fundamentos de su gestión será la de la transparencia y la pulcritud. De 33 principios, al menos la tercera parte tienen que ver directamente con declaraciones de moralidad pública: meritocracia, cero tolerancia a la corrupción, al abuso de poder, al tráfico de influencias, a usar información privilegiada en beneficio propio; denunciarán irregularidades, serán austeros, declararán los bienes y privilegiarán el interés común sobre los particulares.

Y la segunda aguja de su brújula apunta hacia un gobierno abierto, pluralista, que dialoga constructivamente, reconoce errores y está dispuesto a ceder en argumentos.

¡Parece que hubiera empezado el gobierno de Mockus!

Con esta hoja de ruta manda el mensaje subliminal de que en su gobierno no habrá yidispolíticas, ni repartija de notarías, ni Jobs entrando por el sótano, ni contratos multimillonarios para los del círculo íntimo, ni agro ingreso seguro para los vecinos de Anapoima. Tampoco será el suyo un gobierno pendenciero, que estigmatice a todo crítico o ‘chuce’ a los opositores.

Era una estrategia necesaria. No porque, como dicen algunos, con esto el Presidente que entra esté traicionando a Uribe. Es que tratándose de un gobierno del mismo partido político del Presidente saliente, elegido con la popularidad de Uribe y por los mismos políticos que usaron los conocidos métodos viciados para conseguirle los votos, Santos tenía que liberarse del pesado bagaje de pecados que heredó. Tenía que proyectar una imagen santa (valga la coincidencia) y fresca para no empezar en negativo.

También fue calculado el anuncio de sus prioridades legislativas, curiosamente cada una en la llaga de los fracasos de Uribe: una para mejorar el empleo juvenil, otra que cauterice la vena rota de las regalías mineras para cuadrar el creciente saldo en rojo del gobierno central y otra que reparta mejor la propiedad de la tierra, cuya concentración llegó bajo el mandato que termina a un escandaloso Gini (índice que entre mayor sea, mayor desigualdad muestra) de 0,875, sólo superado en la región por Paraguay.

Para alcanzar tan nobles metas de equidad y de austeridad, Santos tendrá que mirarse al espejo de su otro yo, ese que le debe su triunfo a la misma clase política de siempre. Desde allí lo mira burlona, como lo hizo con Uribe en 2002, cuando prometió luchar contra la corrupción y la politiquería. Pero no tardó un año en escoger prioridades y dejó que lo peor de la política se adueñara de una parte del Estado nacional y buena parte del regional, con tal de que le permitieran reelegirse para poder terminar hasta con el último de los guerrilleros.

Santos hizo compromisos serios con esa maquinaria enorme para ganar las elecciones. Su lustroso gabinete y sus mejores ideas de reformas estructurales de ordenamiento y tenencia de la tierra, recentralización del gasto o cambio de incentivos tributarios, tendrán que vérselas con el voraz apetito de sus copartidarios por rentas que, como las regalías, permiten tajada fácil. El equipo de Santos también deberá enfrentar la cruda realidad de que los congresistas representan mejor los intereses de las vacas que los de los campesinos. Y hacer todo esto, a la vez que mantiene el rumbo ético en la brújula de su gobierno, va a ser, por decir lo menos, una misión muy difícil. La vara que ofrece Santos para que midamos su gobierno es ciertamente alta.

 

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