Por: Ana María Cano Posada

Sarajevo cuenta

Esta ciudad es una carta para quien quiera leerla.

Párrafo conmovedor es la guerra Bosnia de 1992 cuando el Cerco de Sarajevo de fundamentalistas étnicos serbios usó sus montañas adyacentes para apostar francotiradores que apuntaron a niños y ancianos en el mercado del centro, nacido en el siglo XV alrededor de una fuente pública de agua potable venida de las montañas, cuando era enclave del Imperio Otomano. 
 
Quien me acompaña en este recorrido sobrevivió huyendo cuando tenía cuatro años con su mamá a Barcelona de esa guerra civil fratricida entre serbios lanzados a una limpieza étnica entre hermanos bosnios, croatas, eslovacos, montenegrinos, que destruyó la Biblioteca Pública, mezquitas, sinagogas, catedrales ortodoxas y católicas, de esta ciudad donde convivían musulmanes, judíos, católicos y ortodoxos, y acabó con universidades de 600 años escritos en esta carta abierta al mundo.
 
No sólo la huella otomana de fastuosidad oriental está escrita en estas calles empedradas e inclinadas, también la nostalgia del imperio austrohúngaro que ensayó lo que aplicaría en Viena, del tranvía eléctrico a la arquitectura expresiva del poder que buscó extenderse hasta el mar Adriático atravesando a la hospitalaria Sarajevo.
Este párrafo centroeuropeo de la cultura que irradió Viena, está fechado en 1914 en esta carta de Sarajevo: consigna al serbio que asesinó al archiduque Francisco Fernando y a su esposa al lado del puente Latino del río Miljacka que atraviesa la ciudad y la historia, hecho detonante de la Segunda Guerra Mundial. 
 
El Mariscal Tito escribió en Sarajevo su parte. Dictador croata aglutinó durante 40 años en Yugoeslavia una federación socialista de estados balcánicos, que fueron potencias independientes tal como Croacia que hasta rey tuvo. Edificios pesados revelan la pobreza arquitectónica y espacial que la idea de igualdad levantó en barrios de la ciudad-carta que amalgama cultos, saberes y heridas.
 
Las miles de tumbas con escuetos símbolos revelan el credo del muerto (cúpulas los musulmanes, estrellas los judíos, cruces los católicos y cruz de ojal los ortodoxos), esparcidas en calles, parques, colinas. La muerte sale al paso sin aspavientos y las fechas entre el nacimiento y la muerte distan si acaso 20 años. Hablan los caídos de esa guerra del 92 al 95 incluidos niños con nombres grabados al lado de la fuente en cristal.
 
Al mundo occidental lo moviliza un concurso de belleza que en los 90 elige a Miss Sarajevo con una pancarta suplicante de no dejar acabar esta ciudad histórica que ardió hasta en sus libros en lo que el escritor Juan Goytisolo, que vivía allí el conflicto llamó “Memoricidio”.
 
Emir Kusturica, director de cine nacido en Sarajevo, escribió su parte al conmover festivales occidentales con “Papá está en viaje de negocios”. Hoy defiende radicalismos injustificables pero hace el documental sobre José Mujica, uruguayo que llama último héroe político.
 
Huellas de artillería serbia escriben aún hoy el dolor en algunos edificios en uso al lado del aeropuerto internacional que atrae turistas a esta capital de 400 mil personas, que rota el poder civil cada seis meses entre representantes de los cuatro cantones de la urbe recién reconstruida en un esfuerzo de cohabitación.
 
Cinco frondosas montañas encierran la ciudad y la vitalidad del centro antiguo con nombres de calles y tiendas que honran oficios de orfebres, tejedores y ebanistas hasta la modernidad de la biblioteca reconstruida y universidades plagadas de muchachos idénticos a los de otras capitales contemporáneas.
 
Esta ciudad deja entrever para quien la quiere leer, que hay vida después de la guerra si se permite al ímpetu de supervivencia acallar la sorda soberbia del fuego cruzado.
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