Por: Columnista invitado

Sarayaku y su frontera de flores

Por Ana María Ramírez

Sarayaku es sinónimo al mismo tiempo de un lugar mágico y de una comunidad aguerrida y firme que defendió exitosamente su territorio de la explotación de una gran empresa petrolera. Podríamos referirnos al conocido caso de Sarayaku contra la Compañía General de Combustibles (CGC) como una lucha de David y Goliat, pero esto sería injusto ya que, durante su lucha, la comunidad se mostró como un gigante, siempre impecable en sus estrategias legales, comunitarias, internacionales y de comunicación. Hace más de diez años, la comunidad Sarayaku venció legalmente a la CGC y, mediante una acción ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos, logró que se reconociera que el Estado ecuatoriano no había tenido la voluntad de consultar su decisión de explotar el territorio con aquellos que lo habitaban y administraban milenariamente. De esta forma, el territorio compuesto por Sacha (la selva), Yaku (el río) y Allpa (la tierra) quedó protegido de la explotación y extracción de petróleo mientras la comunidad Sarayaku permanezca allí.

Conocí y recorrí Sarayaku el pasado diciembre durante el Segundo Taller de Estrategias para Líderes Indígenas que tuve la oportunidad de coordinar en Dejusticia. A la mitad del taller, nuestros anfitriones, siempre generosos y afectuosos, nos invitaron a realizar un recorrido de “no más de 45 minutos” para mostrarnos uno de sus proyectos más sorprendentes. Después de caminar con nuestra torpeza citadina por un terreno ascendente que más parecía un muro mojado y embarrado por la constante lluvia de este exuberante ecosistema, alcanzamos la cima de la montaña. No fue fácil recuperar el aliento, no sólo por la empinada subida sino por la majestuosidad de la vista panorámica, casi una toma aérea, de ese tapete verde y profundo que es la selva del Amazonas.

Allí encontramos a Antonio, descalzo, grande, alto, de pelo negro largo y brillante, quien nos mostró su chacra en donde siembra y cultiva los árboles de flores que luego trasplanta para sembrarlos por grupos cada siete kilómetros y así delimitar el territorio de más de 135.000 hectáreas de la comunidad Sarayaku. Entre las especies que Antonio cultiva, algunas son de tipo prehistórico, a punto de extinguirse. Su tarea ya va a cumplir una década y constituye una colorida y florida movida política con un fuerte mensaje simbólico, ya que se protegen especies nativas amazónicas que podrían desaparecer sin la intervención de los Sarayaku y al mismo tiempo se establece la frontera del territorio.

Actualmente la frontera se compone de árboles adolescentes de pocos metros de alto y Antonio nos explica que sólo se hará visible dentro de unos 40 años cuando los árboles superen la capa emergente de la selva y se llenen de pájaros y monos trepadores, algo que tal vez él mismo no alcanzará a ver.

En esta época de agudos problemas migratorios, de tensiones fronterizas y de medidas agresivas, como la construcción de un muro entre dos países, sorprende y sobrecoge la valiosa, simbólica y no violenta estrategia de los Sarayaku. Una acción geoestratégica muy clara que no discrimina, ni maltrata, pero que efectivamente delimita el vasto territorio Sarayaku: una frontera de flores.

 

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