Por: Eduardo Barajas Sandoval

Sarkó en la locomotora

En la medida que Nicolás Sarkozy anda siempre en ebullición, la presidencia francesa de la Unión Europea, que comienza el primero de julio, tiene en ascuas a los restantes miembros del club.

Los sentimientos sobre la presidencia Sarkó, como lo denominan familiarmente muchos franceses, se dividen entre el temor y el escepticismo. Como pasa con todo lo que toca a esa nueva figura de la política, en ambos casos existe el común denominador de la pasión.

El temor principal radica en el hecho de que, al llegar al comando de la instancia europea, aplique los mismos ímpetus de cambio, para no decir de ruptura, con los que llegó al Palacio del Elíseo. El escepticismo proviene de la sensación de precariedad en los logros que parece haber caracterizado hasta ahora su gestión al frente de los destinos de Francia, que se podría ver traducida a una escala mayor.

Una de las expectativas más importantes de los estadistas europeos debe ser la de presidir la Unión al menos por uno de los períodos semestrales de rotación de la cabecera. Sin embargo, en la medida que las proporciones del grupo se acercan a treinta, algunos pasarán por el poder al interior de su país, sin tener el chance de ejercer la presidencia en el nivel continental.

A pesar de que las instituciones de la Unión Europea configuran un aparato enorme, reglado y complejo, y de que no son demasiadas las cosas que se pueden hacer motu propio desde la presidencia, tampoco es inocuo el oficio y no está privado de posibilidades de actuar. La clave del éxito está en saber negociar. En tener la capacidad de persuasión suficiente para hacer prevalecer una idea y alcanzar a convertirla en decisión política realizable.

Las oficinas de Bruselas, acostumbradas a marchar a un ritmo lento pero sin pausa, pocas veces han sentido la ansiedad que suscita el paso por la presidencia de un personaje exuberante en propuestas de todo tipo, como el Presidente Francés, de quien se pueden esperar iniciativas de cambio de rumbo, en cualquier sentido, pero siempre con el acelerador a fondo, y quien ha esperado seguramente con entusiasmo esta oportunidad. Ahí tiene ahora, en sus manos, la ocasión de marcar puntos, en cuanto una presidencia francesa de la Unión lleva el peso de toda una tradición y una veteranía inigualables en la construcción de la europeidad.

Toda una serie de temas neurálgicos espera a lo largo de los próximos seis meses la arremetida de Sarkó y su equipo a bordo de la locomotora. La defensa común, el manejo restringido de la inmigración y la constitución de agrupaciones nuevas, como la de la Unión Mediterránea, tienen ya en alerta todos los cuarteles políticos. A lo que es preciso agregar las expectativas de las relaciones con Rusia, que han de atender las sutilezas propias de la antigua militancia de nuevos miembros de la Unión en lo que fue el bloque soviético, y el espinoso tópico de la libertad del Kosovo y las relaciones con Serbia.

El campo de los aspirantes a ingresar a la institucionalidad continental vive su propio proceso de escepticismo, en cuanto la presidencia francesa implicará, seguramente, un episodio nuevo de rechazo a la pretensión turca de meterse en el club a pesar de su enorme componente asiático y musulmán. Algo parecido a lo que puede pasar con las aspiraciones de Ucrania y Georgia de formar parte de la OTAN. Los radicales de la significación política de Europa verán con preocupación las ideas que Sarkozy pueda traer en cuanto hace a las relaciones con los Estados Unidos, luego de sus ostensibles manifestaciones de afecto y sus deseos de cooperación trasatlántica, bien distintas de la línea tradicional francesa de las décadas de la postguerra.

El componente más duro y significativo de la tarea estará constituido por las vicisitudes de la adopción de un nuevo marco institucional, luego de la derrota propinada por los irlandeses, y de todo lo relacionado con la preparación de la entrada en vigor del Tratado de Lisboa a partir de enero de 2009. A lo que hay que agregar las definiciones inaplazables, y esenciales, de selección del nuevo Presidente del Consejo Europeo y del nuevo conductor de la política exterior.  

La prueba europea será a la vez una oportunidad y un riesgo para Sarkozy. Si es capaz de orientar en el sentido que quiera, para lo cual tiene que aprender a negociar, más que a imponer, a persuadir más que a dictar, su estatura política crecerá, su liderazgo será más confiable tanto en la arena interna como en la internacional, y en los años que le queden de gobierno será término de referencia en materias que van más allá de sus fronteras.  Si por el contrario su paso por la presidencia de la Unión se llega a parecer a un episodio de fuegos de artificio, su prestigio se desvanecerá en el ámbito europeo, con las correspondientes consecuencias en el orden interno de su país.

edubaras@yahoo.com

 

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