Iván Duque es el nuevo presidente de Colombia: Marta Lucía Ramírez, su vicepresidenta

hace 5 horas
Por: Andrés Hoyos

¿Se acaba el proceso de paz?

Son las tres de la tarde del miércoles 10 de diciembre en la Casa de Nariño y el presidente Zuluaga tiene un papel encima de su escritorio.

 Pese a la dispepsia de los últimos días, hace de tripas corazón y lo firma. Es la orden perentoria a su equipo negociador, que el mes pasado dejó de ir a La Habana, para que se levante de la mesa y dé por terminado el proceso de paz iniciado por su antecesor, Juan Manuel Santos.

De nada ha servido la súplica de un grupo de intelectuales —tachados de castrochavistas por el uribismo duro que ahora predomina en el país—, quienes han pedido públicamente salvar los diálogos. La Iglesia y el propio papa Francisco insistieron en igual sentido, sin efecto. Claro, hay que tomar en consideración el cruel acto perpetrado la semana pasada por la columna Teófilo Forero de las Farc, cuando el paisa ordenó dar un tiro de gracia a tres policías que cayeron en su poder. De hecho, no pasa día sin noticias preocupantes de orden público.

El escritor William Ospina no está en el país, pero consultado por un periodista, declara con algo de mal humor: “ya decía yo que esa paz era imposible”. Jorge Enrique Robledo, reunido en su oficina del Senado para planear la próxima movida en la disputa con Clara López, se alza de hombros. Él lo ha dicho y lo ha repetido, no existe ninguna diferencia entre fracciones del establecimiento. Santos, asegura, también hubiera puesto fin al proceso de paz. Álvaro Uribe, pese a estar muy enredado por la resaca judicial que dejó el sangriento triunfo electoral contra su archienemigo Santos, no tiene opinión al respecto. Un par de días atrás sí le dijo al presidente Zuluaga que un proceso de paz muerto era preferible a un proceso moribundo y que lo enterrara de una buena vez. A buen entendedor, pocas palabras.

La historia que lleva a este desenlace es sencilla. Después de ganar las elecciones del 15 de junio por estrecho margen, el recién posesionado presidente, tras dudarlo un poco, cambió en su totalidad al equipo negociador. Analizados los acuerdos parciales a los cuatro puntos de la agenda ya cerrados, Zuluaga decidió que ninguno era aceptable. El de tierras no, porque a su juicio atentaba contra la propiedad privada, pilar de su agenda de gobierno; el de la participación política tampoco, porque le pareció en exceso generoso con un grupo terrorista que ha cometido multitud de crímenes de lesa humanidad; el del narcotráfico menos porque, como lo repitió hasta la saciedad en la campaña, es imposible negociar ese tema con el mayor cartel narcotraficante del mundo; y en cuanto al punto de las víctimas, hizo cuentas y le salía muy oneroso al Estado. Además, Zuluaga a poco de posesionado conminó a las Farc a dejar de reclutar menores, a no hacer más atentados y, palabras más palabras menos, a entrar en un cese al fuego unilateral permanente. Los representantes de la guerrilla en La Habana respondieron a todo lo anterior con una andanada de groserías y quedaron a la espera.

Al reventar la noticia, una amplia mayoría del país reacciona con incredulidad, muchos con inmensa congoja. Sin embargo, ya no hay nada que hacer. Las órdenes de captura de los negociadores de las Farc han sido reactivadas y las Fuerzas Armadas se preparan para el inevitable coletazo.

Lo que antecede es ficción por ahora, pero bien podría convertirse en realidad el próximo domingo. Depende de usted.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Andrés Hoyos

El último ensayo de Anthony Bourdain

Un voto sin dueños

#VotoEnBlanco

Presión indebida

Ortega en la cuerda floja