Por: Reinaldo Spitaletta

Se acabaron los pobres

Lo que es la vida, según el dinero que se tenga. Para alguien que gane al mes siete milloncitos de pesos, es imposible poder ir a Miami en cada vacación, visitar todos los clubes sociales y restaurantes de caché una vez a la semana y tener más de cuatro tarjetas de crédito.

Es un pobre (de espíritu, dirá alguna señora). Ah, y lo mismo aquel que se gana 16 millones al mes, un congresista de la bella república, que dice que no le alcanza esa cantidad para tanquear las dos camionetas que a diario usa para su transporte (manes o desmanes del costo de la gasolina en Colombia). Otro pobre.

Claro que lo anterior puede cambiar de carácter, según la visión del gobierno de Santos y de miembros de su equipazo de Planeación, cuando descubrieron que no es pobre quien en una familia de cuatro personas obtenga mensualmente 190 mil pesos. El caso fue tan extraordinario, como un hallazgo matemático sin precedentes, que hasta el vicepresidente de la república, ex sindicalista y devoto del Señor de los Milagros de Buga, los mandó a hacer mercado con esa platica.

Por “decreto” de unos perfumados funcionarios del gobierno actual, ya no hay prácticamente pobres en Colombia. Qué bueno. No sólo pueden comer bien, vestir con dignidad, pagar una casa cómoda y poseer lo necesario en la misma, sino, además, con esa cantidad de dinero pueden, por ejemplo, ir al teatro (menos mal que hay grupos que tienen entrada gratuita y aporte voluntario a la salida), a un concierto sinfónico, incluso a misa porque adentro pueden dar la limosna y a la salida pueden comprar crispetas. El dinero –esa cifra mágica- les alcanzará para pagar servicios de salud y quién quita, tener medicina prepagada.

Uno no sabe por qué, si ya por artes de birlibirloque, por los conjuros de los planeadores gubernamentales, no hay pobres en el país, en Puerto Gaitán, Meta, por ejemplo,  tal vez el municipio que más regalías petroleras recibe en Colombia, los niños indígenas se mueren de hambre. Además, según informes de la revista Semana, en esa rica población, de acuerdo con contratos realizados  por la alcaldía con el propósito de atender la desnutrición infantil, el costo de la consulta general por un niño es 927 mil pesos y con un especialista en nutrición vale 1,336.500 pesitos.

El gobierno de Santos hizo lo que ningún otro había podido o querido. Acabar con la pobreza en Colombia. De pronto, gracias a la magia de Planeación Nacional, desaparecieron más de veinte millones de pobres y, claro, de paso también se esfumó el 20 por ciento de indigentes que el país tenía. Ni el de Buga hubiera podido obrar un milagro de tal naturaleza. Pero lo dicho: lo pudieron hacer los encorbatados funcionarios santistas. Y tan mal que se habla de la burocracia.

Así que ni modo de cantar ya aquella canción de Facundo: “Pobrecito mi patrón, piensa que el pobre soy yo”. Porque aquí ya nadie pertenece a ese rango. Todos esos que se ven por ahí, destechados, desharrapados y hambrientos, debe ser que son muy tacaños y más bien están guardando su tesoro mensual de 190 mil pesotes en algún banco. Ah, y que a nadie más se le vaya ocurrir cantar una vieja canción de un venezolano, que por acá ya no hay nada parecido: “qué triste vive mi gente, en las casas de cartón”. Bueno, y además ya aquí se pasó del cartón al zinc y al plástico.

Ahora sí los grandes banqueros –que viven en buena parte de los pobres- entraran en crisis y habrá que trazar para ellos una medida diferente al cuatro por mil. No hay problema. Ahora sí pueden suscribir el TLC con los gringos, que si va a acabar con el agro y la producción nacional, eso poco importa. Ya no hay pobres. O visto de otra manera, los únicos pobres que quedan son aquellos que, con 16 millones al mes, no les alcanza para tanquear sus dos camionetas. Qué vaina.

 

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