Se aprende todos los días

Noticias destacadas de Opinión

Acabo de tener una charla virtual con maestros. Les mostré el pupitre que tengo en mi biblioteca; un pupitre de los viejos, de esos con tapa que se abre hacia arriba, y en el cajón queda un espacio para los bolígrafos, el diccionario, los cuadernos… todo eso que cuando yo era niño llamábamos “los útiles”. Ese pupitre lo tengo aquí a mi lado para recordarme que sigo siendo un escolar, que la sensación de estar vivo me la da, sobre todo, el hecho de seguir aprendiendo algo todos los días.

No nacemos aprendidos. O, mejor dicho, sí. Sí nacemos aprendidos, pero no de muchas cosas: no nos tienen que enseñar a mamar, por ejemplo. Un bebé nace y sabe mamar. Pero no sabe andar; un potro y un ternero nacen sabiendo mamar y sabiendo andar. Un pez nace y sabe nadar; nosotros no. También nosotros nacemos sabiendo andar (con el órgano de caminar en el cerebro), pero nos demoramos un año para volvernos bípedos sin caernos. Antes, al gatear, logramos ser cuadrúpedos. Nacemos sabiendo hablar, o por lo menos con un órgano del lenguaje que empieza pronto a emitir sonidos y que a los tres años estalla en toda su maravillosa amplitud y creatividad: una niña de tres años habla con una gramática perfecta. Nuestro cerebro sabe (sin saber que sabe) gramática. Conjuga los verbos, hace concordancias de género y número, inventa frases que no ha oído nunca. En ese sentido, platónico, venimos al mundo con una memoria de la vida pasada de la especie: no aprendemos a mamar, a caminar, a hablar: recordamos cómo se habla, pues es algo natural, que viene con nuestro cerebro.

A partir de estas dotes naturales, la cultura empieza a escribir en nosotros: llega aquello que no es natural y que tenemos que aprender. Leer no es natural; se aprende. Sembrar plantas no es natural; se aprende. Ni el chino, ni el español ni el inglés son naturales; se aprenden. Y los logramos aprender con el órgano del lenguaje (que sirve para cualquier lengua cultural) que los niños tienen abierto y muy desarrollado. A los 12 años se nos empieza a cerrar y más pasa el tiempo y más se nos cierra: loro viejo no aprende a hablar. Entré en contacto con el alemán a los 50 años, y ya no lo aprendí. Era demasiado esfuerzo aprenderlo bien.

Al terminar la charla con los maestros recibí un mensaje por chat, muy sencillo. Era la respuesta a una pregunta que había hecho ayer: “Paula, ¿tú cómo haces para tener esos anturios rojos tan bonitos?”. Respuesta: “Yo no sé, pero lo sabe el jardinero, Rodrigo: Los anturios se siembran en palos podridos con pedazos de carbón y, mejor todavía, con viruta de arroz. Necesitan sol, pero sobre todo el de la mañana; el poniente los daña. En verano se riegan cada tres días; en invierno cada ocho días. De abono, triple 15 o florescencia, cada mes”. ¡Aprendí algo! Con razón a mí no me florecían los anturios: los tenía al poniente; los regaba a diario. ¿Que esto lo sabían los jardineros hace siglos? Claro que sí, pero yo acabo de aprenderlo y a lo mejor alguno de ustedes tampoco lo sabía. Tal vez ni sepan qué son “anturios”; una palabra tan bonita y ni siquiera está en el DRAE: ¡hasta los académicos de la RAE tienen que aprender palabras todos los días!

A los maestros les dije lo que acababa de aprender en un libro que estoy leyendo: Lector, vuelve a casa, de Maryanne Wolf. Es un libro técnico, con anotaciones muy serias sobre neurociencias, sobre el funcionamiento del cerebro. Pero está escrito con sencillez, en forma de cartas y con un lenguaje claro. Su tesis fundamental es que al aprender a leer desarrollamos un “cerebro lector”. Y este cerebro lector establece tantas asociaciones y conexiones neuronales que da grandes ventajas cognitivas para toda la vida. La lectura profunda, larga, silenciosa, en papel, es extraordinaria. No es lo mismo que leer en la pantalla, en el celular o en una tableta. Por eso las maestras no pueden olvidar su tarea más importante: enseñar eso que no es natural, que hay que aprender: a leer.

Comparte en redes: