Por: Julio César Londoño

Se busca un líder

A un amigo muy inteligente, pero influenciado quizá por el tierno espíritu de la Navidad, no le preocupan los resultados de las elecciones presidenciales de 2018. “Ni los pistolocos harán trizas los acuerdos de La Habana”, dice, “ni los pacifistas pueden agilizar de manera significativa los procesos del posconflicto. Es verdad que a los guerreristas los crispan las gabelas que la JEP les otorga a la Farc, pero no pueden torpedearla mucho porque la JEP les concede beneficios generosos a más de 1.700 policías y militares, a decenas de alfiles de la extrema derecha y a miles de «terceros», los que financiaron grupos paramilitares o compraron de buena fe tierras de desplazados”.

“Y los pacifistas tampoco pueden acelerar el posconflicto por la lentitud propia del Estado, por la complejidad de procesos como el de la reforma rural integral, y porque los notarios, los latifundistas, los palmicultores, los mineros, los ganaderos y los «terceros» no van a colaborar mucho”.

Las premisas son ciertas, pero la conclusión es falsa. Creer que da lo mismo elegir a Fajardo, a Duque, a Petro o a De la Calle es un error peligroso. Elegir a Duque sería el regreso de los bárbaros, la reedición de nuestras peores pesadillas, la instauración, quién sabe por cuántos lustros, de un populismo de derecha capaz de volver trizas no solo los acuerdos sino también lo que queda de nuestras maltrechas instituciones democráticas. Con un agravante fatal: Duque no va a traicionar a Uribe.

Petro es el único de los candidatos que maneja un tema crucial, la ecología, y se la jugaría a fondo en el urgentísimo tema social. Pero tiene rayones profundos: es napoleónico y madurista, y decapita a sus mejores alfiles. Y lo peor: si resulta electo, tendremos que soportar cuatro años de discursos de género: todos y todas, sujetos y sujetas… el horror.

Aunque su pelea con Alfonso Salazar es muy reprobable, Fajardo es la alternativa más promisoria de la baraja de los presidenciables: puntea las encuestas, tiene el apoyo del Sindicato Antioqueño, se ha mantenido al margen del remolino de la polarización, le interesan la ciencia, la tecnología y la educación, y lleva 20 años de vida pública con muchos éxitos y cero escándalos. Si alguien puede ser un factor de unión en la política colombiana, es Fajardo. Nunca Duque ni Petro.

Vargas es un supercandidato. Inteligente. Ejecutivo. Se mueve en los debates como un pez en el agua. Se las sabe todas. A su lado, Maquiavelo es un boy scout. Conoce los recovecos del país y el tejemaneje de la política (demasiado, me parece). Pero tiene un defecto mortal: no puede combatir la corrupción. Es el aceite de su maquinaria. Con él, ya sabemos que habrá $50 billones menos en las arcas del Estado cada año.

Si hubiéramos tenido otros, yo definiría a Humberto de la Calle como el último caballero de la política colombiana. Su talante de estadista no lo iguala nadie, ni siquiera Juan Manuel Santos, con todo y Nobel. Nadie, ni siquiera Fajardo, iguala su estatura moral. Nadie tiene su claridad conceptual ni su potencia verbal. Nadie mejor que él para liderar la difícil y crucial etapa del posconflicto.

La peor desgracia de Colombia es que carece de un verdadero líder. Nuestra figura política más fuerte, Álvaro Uribe, es un antilíder: no une, divide. Esa es su arma, su gran especialidad. Ojalá que en el 2018 surja una figura que sea factor de unión, no de odios y desinformación. Alguien que sea capaz de sumar voluntades, interpretar nuestros sueños y sacar lo mejor del espíritu nacional.

Lo peor ya lo dimos. Ya conocemos demasiado el sabor de las orgías de sangre. Ahora buscamos, por fin, un destino humano.

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