Por: Sergio Otálora Montenegro

¿Se desempolva la calumniada paz?

Vuelve y juega: informan que los candidatos presidenciales firmaron un acuerdo democrático para jugar limpio.

Al leerlo, siente uno como  si fuera un decálogo que se hubiera negociado en los tiempos de la zona de distensión, en El Caguán. Es decir, para escándalo de muchos, esa declaración hace pensar que podríamos estar  al borde de poner una vez más de moda la paz, a pesar de estos ocho años de bala sin tregua y de vuelo rapaz de los halcones de Palacio.

Llaman la atención algunos puntos del documento: “la violencia es contraria a la paz”; “el monopolio del uso de la fuerza es exclusivo del Estado”; “el fin no justifica los medios”; “respeto a la Constitución y a la ley del derecho internacional”… Sea por oportunismo o por convicción, que los líderes del uribismo y de la oposición estén de acuerdo en esos principios mínimos, significa que se abre una rendija de esperanza para desempolvar, por ejemplo,  el tema vital de cómo resolver el “conflicto armado” (lo escribo entre comillas, porque ese término fue considerado anatema durante el uribato).

Santos ,Vargas y Uribito creen que la guerrilla está en sus últimos estertores y, por lo tanto, se debe mantener la presión militar hasta llevarlas a su aniquilamiento. Petro o Mockus, con matices, piensan, por el contrario, que no están acabadas y, bajo tal perspectiva, pueden desarrollar una amplia propuesta política que supere los sesgos ideológicos y las fantasías de la actual administración. Pardo, en este terreno, es una incógnita: ¿pesará más en él su pasado de ministro de defensa que su circunstancia actual de candidato presidencial del principal partido de oposición?

Claro que el papel y las declaraciones de principios, aguantan todo. El camino no es fácil. Uribe ya ensayó el espantapájaros chavista, en las elecciones parlamentarias, para meter miedo y macartizar a la oposición. A medida que esto se caliente, veremos la artillería pesada de Palacio al servicio de su candidato. Harán lo que sea necesario, por las vías legales o ilegales, para “reelegir” la seguridad democrática: no olvidar las chuzadas del DAS, o los seguimientos ilegales.  Hay que prepararse también  para la arremetida de los neoparamilitares y la guerrilla en las regiones, con todo su poder armado, y de las maquinarias electorales y burocráticas, con todo  su poder de soborno y aprovechamiento de las necesidades apremiantes de la gente.

Pero la realidad nunca es en blanco y negro; hay un poderoso voto de opinión que puede alterar la llamada “correlación de fuerzas”; la misma historia de los últimos ochos años, con sus monumentales escándalos de corrupción, orientados bajo la máxima de que el fin justifica los medios, es prueba fehaciente para lograr un amplio plebiscito a favor del cambio de rumbo.

Dos notables realidades políticas deja la jornada electoral del domingo pasado: así como, gracias al uribismo, el partido conservador ha revivido, la oposición, con un fenómeno como el partido verde, adquiere un importante motor para estimular a la franja indecisa o abstencionista, y para ampliar el voto de los inconformes de todos los partidos y tendencias, de la mano del Polo y de Sergio Fajardo, al que le tocará abandonar su táctica descafeinada para asumir una actitud mucho más beligerante.

Ante la resurrección de la estrategia de la mano tendida, los halcones mentirán, buscarán crear hechos políticos adversos a cualquier diálogo con la subversión, utilizarán todos los medios a su alcance para tergiversar la historia, como lo han hecho con éxito, y mantener la ilusión de que el uribismo es el gran remedio de los colombianos.

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