Por: Reinaldo Spitaletta

Se encochinó el juego limpio

El llamado juego limpio o la “deportividad” es parte de una utopía, de una aspiración legítima y necesaria para evitar las suciedades, las corruptelas, las trampas y otras artimañas en la práctica deportiva. El fair play, tan venido a menos, sobre todo tras las asquerosidades descubiertas hace algún tiempo en la Fifa, es clave para niños y jóvenes que tienen todavía el deporte (en especial, el fútbol) como recreación y divertimiento. Sin las contaminaciones de la profesionalización.

No es que sea paradigmática en pureza la práctica profesional de fútbol en el mundo. Aparte de tratarse de una mercancía, que se tasa, que sube y baja como en las acciones bursátiles, es un negocio atravesado, muchas veces, por la corrupción y las manipulaciones. Recordemos, a guisa de ejemplo, el maremágnum que se armó, tras las acusaciones del FBI y el Departamento de Justicia de los Estados Unidos contra miembros de la Fifa, por fraude electrónico, sobornos, malversación de fondos y otras acciones delincuenciales.

El juego limpio se ensució hace rato.  En 1915, los “eternos” rivales Manchester United y Liverpool arreglaron un partido para que el equipo ‘red devil’ no descendiera. La victoria 2-0 fue confirmada como un amaño, que días antes del cotejo fue cuadrada por algunos jugadores en un bar. A ocho de ellos los sancionaron de por vida. Más tarde, la situación empeoró.

Otro caso feo, el denominado “Calciopoli”, involucró a cuatro equipos italianos (Milán, Juventus, Lazio y Fiorentina) que negociaron resultados y compraron árbitros. El castigo sobrevino con suspensiones y descensos (al Juventus lo mandaron a la segunda división). Así que en esos aspectos el fútbol ha sido poco aseado.

En Colombia, un país en que la corrupción campea a sus anchas desde tiempos remotos, los carteles mafiosos introdujeron mecanismos de compra-venta de partidos, campeonatos, asesinatos de árbitros y jugadores, sobornos, coimas y otros bandidajes. Envenenaron el balón. Pudrieron torneos. Descuartizaron el tal juego limpio.

En el Mundial de 1978, resultó por lo menos “extraño y sospechoso” el paso a la final de la selección anfitriona. Argentina derrotó al Perú 6-0. Según el escritor británico David Yallop, en su libro Cómo robaron el juego, la junta militar argentina, encabezada por Jorge Rafael Videla, compró a los futbolistas peruanos. La selección dirigida por Menotti necesitaba ganar por cuatro goles para acceder a la final con Holanda.

Ahora, lo del juego limpio vuelve a salir a flote, en ese inmenso mar de putrefacciones en las que navega el fútbol, por el reciente partido entre Perú y Colombia. Cuando todavía faltaban tres minutos para finalizar, y ya se sabía que Paraguay perdió con Venezuela, y Brasil había derrotado a Chile, se vio a Falcao, cubriendo sus palabras con la mano derecha, darles instrucciones a los peruanos. Es posible que no haya habido un “arreglo” antes del partido, pero no deja de ser molesto y, sobre todo, una violación del fair play, lo acontecido. Ambos equipos le quitaron ritmo al juego, lo frenaron o ralentizaron, en una actitud reprochable y antideportiva.

Para algunos, menos inocentes, resultó rara la voladora de David Ospina para ir a despejar el cobro del tiro libre indirecto de Paolo Guerrero. El comentarista argentino Martín Liberman, un crítico además de Falcao y su actitud “conciliadora”, dijo: “Mi pibe juega al baby fútbol y sabe que cuándo es indirecto la deja pasar el arquerito. Es muy raro que Ospina ve el árbitro con la mano arriba del indirecto y se tira en un movimiento raro”.

El presunto “pacto de no agresión” entre peruanos y colombianos, que lo vio todo el mundo, dejó en evidencia que la contaminación se extiende. Y si bien ya podría considerarse “caso juzgado” (no se interpusieron demandas ni otras protestas ni recursos), la imagen que quedó es contraproducente, en especial para los muchachos que aún mantienen el ideal de reivindicar el juego limpio.

Para Liberman, la actuación de Falcao de “arreglar por las buenas” con los peruanos, “fue un papelón, un bochorno que descalifica la carrera de Falcao. Un manchón indeleble”. Es probable que hoy, con los nuevos “valores” de un sistema que, para prevalecer, utiliza todas las formas de la corrupción, aquello del “todo vale”, la ética sea solo un asunto de filósofos, como lo expresó sin sonrojarse un publicista extranjero, asesor de politiqueros colombianos.

El pobre Albert Camus, grande escritor, estaría hoy desmoralizado con las patrañas del fútbol. Sí, hoy tal vez no diría que “lo que más sé, a la larga, acerca de moral y de las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol, al Racing de la Universidad de Argel”. 

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