Por: Iván Mejía Álvarez

Se fue un grande

Hace una semana, Miguel Calero decidió bajar la persiana y ponerle punto final a una maravillosa carrera.

Lo hizo en el Pachuca, donde vivió los últimos diez años en medio del reconocimiento como un gran artista de su trabajo y como un gran señor, un individuo a carta cabal.

Fueron 24 años metido debajo de los palos. Bueno, es una forma de decir, porque Miguelito se mantenía por fuera del arco como portero moderno. Más de 900 partidos en primera división entre Colombia y México, muchos títulos en los dos países y muchas presencias en la selección.

Quien quiera mirar los números exactos, los encontrará en las biografías que sobre él se han hecho en los últimos días. En este reconocimiento nos interesa mucho más hablar de ese magnífico ser humano y gran compañero que puso el nombre de Colombia en canchas aztecas muy en alto. Miguel aprendió rápido que para ser llamado portero tenía que atragantarse de goles en contra y así, gol tras gol, fue entendiendo la profesión y el oficio del arco.

Miguel perteneció a una generación de goleros que han ocupado la puerta colombiana durante los últimos 20 años. Detrás de ellos, y valga el homenaje póstumo, fungía Carlos Portela, el mejor entrenador de porteros del fútbol colombiano en toda su historia. Calero, el gran Óscar Córdoba y Farid Mondragón son los estandartes de ese trabajo en la base que dio frutos y que lamentablemente se perdió a raíz de la muerte de Portela y que nadie ha asumido, por lo que el futuro del puesto en Colombia es bien complicado.

Miguel sufrió graves traumas físicos y logró sobreponerse, a punta de trabajo, esfuerzo personal y mucha entereza, a todos los problemas, empezando por unas trombosis, tornillos en un hombro, anuncios de un retiro instantáneo. Toda una lección para estas estrellitas de hoy, a los que les pueden el vicio y la noche.

Muchas veces Miguel fue relegado a la suplencia, bien de Farid o de Córdoba, y nunca se le recuerda una mala actitud, fue un magnífico compañero, respetuoso de las decisiones de quienes mandaban y un buen amigo de sus colegas, a los que ayudaba a prepararse con la mejor intención. Ser un buen suplente es muy difícil y algunos nunca llegan a comprender lo importante que es demostrar que el colectivo está por encima de lo individual. Todo un ejemplo.

Se fue de las canchas Miguelito Calero y este es un sencillo homenaje a un gran jugador y un mejor ser humano. “Me voy contento, en plenitud de condiciones, a mis 40 años sólo tengo palabras de agradecimiento a mi profesión y a quienes me ayudaron a ejercerla de la mejor forma posible”.

La Federación está en mora de invitarlo a Barranquilla para hacerle un reconocimiento y un homenaje. Se lo merece. Ciao, Miguelito, il “show” ha finito…

Buscar columnista

Últimas Columnas de Iván Mejía Álvarez

La final

El fútbol de hoy

Cuestión de fe

Enseñado a ganar

Semilla germinada