Por: Alvaro Forero Tascón

Se le acaba el tiempo a Uribe

El presidente Uribe sostiene que terminó la gestión mediadora de Hugo Chávez para proteger la seguridad democrática. Insiste Uribe en que la búsqueda de la paz negociada, y ahora hasta la prebúsqueda, ponen en riesgo la seguridad.

Esa tesis, tan local como extravagante para el mundo civilizado, tendrá que modificarse si el próximo presidente norteamericano es demócrata, porque luego de hacer un balance del Plan Colombia, éste seguramente presionará a Uribe a buscar una negociación con la guerrilla.

Porque la conclusión de que la inversión estadounidense de más de nueve años en Colombia sólo ha logrado retroceder la violencia a los niveles de hace doce, sin reducir el flujo de drogas ilícitas, resultará inaceptable para un gobierno demócrata, de corte aislacionista a raíz de Irak, interesado en destacar los fracasos de Bush, y comprometido electoralmente con acelerar el retiro de conflictos que no amenacen directamente la seguridad nacional. Esta conclusión indicará que la seguridad democrática sólo ha sido suficiente para lograr la confianza inversionista, no para alcanzar la paz. Y que, por tanto, no es una política integral, sino la etapa de contención dentro de la estrategia diseñada por Washington en 1999, para enfrentar el aumento de la violencia durante la segunda mitad de los años noventa. Siendo las otras dos fases, la de apaciguamiento, surtida durante la administración Pastrana, y la de resolución política del conflicto, diferente de la primera y totalmente inexplorada aún.

Cuando se concibió el Plan Colombia, el fortalecimiento de las fuerzas armadas requería recursos, pero sobre todo tiempo. Y ante la debilidad militar del Estado, el diálogo iniciado por Andrés Pastrana con las Farc no sólo era un instrumento útil para ganar tiempo, sino un componente político indispensable para obtener el apoyo demócrata, en el Congreso y en la Casa Blanca.

Terminada la etapa de apaciguamiento defensivo, con Pastrana, vino la de contención ofensiva, que le correspondió a Uribe, como le habría correspondido a Noemí Sanín, de haber ganado ella las elecciones. Porque la implementación de esta fase era obligada para cualquier gobierno, debido a que el mandato popular para actuar militarmente contra la guerrilla era abrumador y las fuerzas militares estaban fortalecidas y sedientas de venganza.

Luego de cinco años de contención exitosa de la guerrilla, la segunda etapa también está finalizada, porque los avances importantes en materia de seguridad están detenidos hace tiempo. La iniciativa militar de la guerrilla ha sido contenida, y replegada hacia zonas alejadas de los principales centros urbanos, pero ésta conserva sus estructuras, sus finanzas, su incidencia internacional, su impacto sobre el presupuesto nacional y sobre la política colombiana. Esto, sumado a la repolitización del conflicto que se viene dando por vía del intercambio humanitario, está indicando que no es posible avanzar verdaderamente hacia la paz con una estrategia exclusivamente militar, y que por el contrario, ésta podría estar alejándola. Que habría llegado el momento de pasar a la tercera etapa de resolución política del conflicto, basada en combinar las fases de contención militar y negociación política, ya que hoy una negociación sería radicalmente diferente a lo que fue hace nueve años, en razón a que la relación de poder militar se ha invertido completamente en favor del Estado.

Pero paradójicamente, una negociación es menos viable hoy que en ese entonces. No porque las Farc sean más narcotraficantes ahora que antes. Por el contrario, tendrían más razones para intentar aprovechar la coyuntura histórica favorable para las izquierdas extremistas latinoamericanas.

Hoy es más probable la progresiva degradación del conflicto colombiano hacia el terrorismo, que la salida política, porque por primera vez el conflicto es rentable políticamente para un presidente. Lo verdaderamente novedoso de Uribe no ha sido la política de seguridad, prevista desde el inicio por el Plan Colombia, sino que haga política con la seguridad. Pero para un gobierno demócrata contrario al populismo antiterrorista de Bush, y en retirada acelerada de Irak, puede resultar inaceptable que mientras Uribe dilata la búsqueda de una solución pacífica del conflicto, aumenta el peligro de que Chávez se radicalice y se apodere de las Farc, creando un problema geopolítico de proporciones enormes.

 

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