Por: Lorenzo Madrigal

Se les rompió el amor

Era una amistad fingida.Fingimiento que pudo darse por exigencias de la diplomacia, que es falsa y necesaria. Uribe y Chávez no pueden ser más distintos, el uno a la derecha, flacuchento, aunque de brazos de arriero; el otro gordo y en proceso de engrosar aún más, no muy alto, pero sí carón y corpulento, éste a la izquierda, aunque procede de los cuarteles. Ambos gozan la popularidad y el poder absoluto.

Se negoció mal en Yalta y en Hato Grande. La visita de Chávez a la casona santanderista, expropiada a un clérigo en favor del Hombre de las Leyes, llenó de euforia a la concurrencia: se ofreció ajiaco al entonces cordial amo de Venezuela, quien pidió la fórmula; atriles se desplegaron para una rueda de prensa en el frío sabanero, risas hubo y apuntes, “Álvaro” y “Hugo”,  y mucho “loco abrazo sin medida”; se escondió a Juan Manuel, y se le entregó la mediación para el delicado acuerdo humanitario a Chávez y a Piedad, que es de ese lado, con sólo dos inamovibles, que, por el tono de su exigencia, no iban a ser removidos.

Uno no está políticamente con Uribe. La autocracia, reflejada en su insólita permanencia en el mando, la manipulación política y el populismo nos apartan a muchos del 70 por ciento restante. Pero es lógico que uno esté con Colombia y más si quien desafía a su presidente y a su gobierno es un miliciano locuaz, “muy digno”, según él mismo, pero más avezado a la gresca callejera que a las relaciones interestatales.  

“Uribe, Uribe,… Marulanda, Marulanda”, voces éstas emitidas en tono meloso debieron ensoberbecer a Uribe. El presidente de Colombia igualado a su antinómico jefe insurgente. Y muchas cosas más, hasta llegarse al risible proyecto de un presidente extranjero negociando con el más veterano guerrillero colombiano en el Yarí o al borde del río Caguán ( ! ).

Mal conoce el coronel Chávez a su ex amigo Uribe. El mandatario colombiano, al que no he visto sino por los medios, es corto de estatura, de rostro universal, gafas universales y engañosa apariencia. Su temperamento irritable y sanguíneo (brotes capilares asoman a su cara) no es sospechable. El tamaño de su boca de corazón y la voz gutural tampoco anuncian el desdoblamiento visceral de que es capaz, hasta convertirse en el hombre increíble.

Uribe no es cobarde. Variable sí, según el auditorio. Chávez no es sanguíneo, para continuar con la vieja clasificación, pero sí bilioso. Es robusto y de firmeza aparente, sin entrar en el destronado lloroso que pinta Carlos Andrés Pérez. Viene de romper con España, pero aspira a dominar a Iberoamérica y a tener la influencia de un Fidel Castro, que no se le muere. Padece el afán del heredero. Como Fidel, coloca una mano dominadora sobre el hombro de su contertulio, lo que debe censurarlo la urbanidad del venezolano Carreño. Chávez nos pelea y nos encuentra de este lado.

~~~

En alguna ocasión, valga la verdad, sí pudo Lorenzo observar de cerca al presidente de Colombia. Todos lo saludaban: Señor Presidente. Yo no lo hice. Me preguntaron: ¿por qué no saluda usted al Presidente? Y respondí: es que yo no lo conozco.

Buscar columnista

Últimas Columnas de Lorenzo Madrigal

La historia a merced de sus relatores

Todavía no es con Duque

Dos visiones de la paz

Otro domingo para el suspenso

Si fue el uno o si fue el otro