Por: Eduardo Barajas Sandoval

Se lo dejan a los lobos

El remate de la acción violenta de la alianza contra Irak no podía ser peor.

Después de destruir el país, y de paso unos cuantos monumentos y tesoros históricos que se alojaban en los museos de Bagdad, los llamados aliados se retiran dejando tras de sí no solamente la muestra de su equivocación al lanzar una guerra por motivos que jamás pudieron justificar, sino un ejemplo ostensible de ineptitud para comprender los valores, fortalezas y debilidades, de un pueblo no occidental.

La historia aún no ha comenzado a cobrar las cuentas del ataque a Irak, que a los ojos del mundo entero y en medio da la mayor impunidad, se realizó sobre la base, comprobadamente falsa, de atajar la carrera alocada de un dictador que se decía contaba con armas de destrucción masiva, específicamente nucleares, que estaría dispuesto, justo después del 11 de septiembre de 2001, a lanzar contra las capitales más poderosas del mundo.

Lo único que se ha probado hasta ahora, bajo cualquier medida, es que Sadam Hussein no tenía armas nucleares y que más bien estaba lejos de tenerlas. Cosa que difícilmente podían ignorar en su momento esos aliados occidentales que le contaron dentro de sus más caros amigos y le apoyaron sin reservas en tantas ocasiones. Lo que nadie ha querido reconocer es que el control de los campos petroleros, la oportunidad de negocios de distinta índole y el afán por poner pie en la región, jugaron un papel importante en ese esfuerzo descomunal que se desató con alarde de fuerza y al tiempo de debilidad institucional, en cuanto el mandato de la ONU era a todas luces precario.

Colin Powell, el soldado disciplinado que en su momento, sin darse cuenta, es decir engañado, fue a decir mentiras, calculadamente preparadas por otros, nada menos que al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, se debe sentir muy mal por haber tenido que protagonizar uno de esos episodios que hacen que, en adelante, su país, sea difícilmente creíble, y escenarios como el da la máxima instancia del sistema de la ONU menos confiables.

La ceremonia, pomposa, del Presidente Bush proclamando hace siete años a bordo de un portaaviones una victoria que nunca existió, solamente puede ser reflejo de lo que ese mandatario pudo significar para el pueblo iraquí, lo mismo que para el pueblo estadounidense, al menos el más pensante y progresista, y de lo que su temperamento y su conducta pudieron afectar las relaciones internacionales y el progreso de la humanidad hacia unos estándares de decencia más elevados.

Ya son bien conocidas las cuentas de lo que costó la operación de destrucción masiva de un país que resultó proscrito por algunos voceros del establecimiento más conservador de Washington, afortunadamente derrotado en las elecciones que llevaron al poder a los demócratas. Quienes, de paso, deben comprender que la responsabilidad del progreso de Irak es ahora compartida, porque uno tiene que velar por la recuperación de lo que destruyó con semejante despliegue de fuerza demoledora.

Tarek Aziz, en su momento vice-primer ministro de Irak y uno de los diplomáticos más sobresalientes del cambio de siglo, bien educado, respetado en todos los escenarios como una persona decente y visionaria, ha podido hablar luego de siete años de cautiverio en manos de las tropas de ocupación, y ha dicho que Obama se equivoca al sacar a sus tropas de Irak justo en este momento. Este hombre, cuya condición de cristiano fue siempre respetada por Hussein, y cuya palabra es la de alguien con conocimiento y experiencia suficientes para decirlo, ha manifestado que los norteamericanos dejan a Irak, encima de todo, a merced de los lobos.

Curiosamente, el propio antiguo funcionario del régimen de Sadam pidió que las tropas estadounidenses permanecieran por más tiempo en el país. Lo que significa que todo lo que pase en adelante, por haber dejado las cosas como las dejaron, es de alguna manera de su responsabilidad. Algo sobre lo cual, desde todos los ángulos, el mundo entero debe permanecer vigilante.

 

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