Por: Aura Lucía Mera

Se lució… Meta se lució…

ESTE FUE EL CORO, COMPLEMENtado por aplausos, que recibió el departamento del Meta con la representación gastronómica que hizo de su región en el Festival Gastronómico de Popayán, que ya cumple ocho años ininterrumpidos, cada año con mayor éxito, y que se ha convertido en referente turístico y culinario de nivel internacional.

Este año el país invitado fue China y el departamento, Meta. Este último barrió con todos los elogios, los aplausos y la favorabilidad de todos los comensales, cientos que asistieron desde todas partes del país a esta cita anual. Los llaneros llegaron a Popayán con todos los fierros: Desde la leña especial que utilizan para la famosa “mamona” a la llanera, hasta los más mínimos ingredientes típicos de la región, para que nada fuera dejado al azar. Chefs, expertos en asar la ternera, niños y niñas que se lucieron bailando el joropo y los sones de esa tierra embrujadora, arpas, maracas. En el hotel Monasterio se vivía una auténtica fiesta gastronómica. Popayán, esa ciudad blanca, estaba de gala. En sus plazas, puestos de dulces, carantantas, artesanías, mistelas y platos típicos.

Pero más que la cita de la cultura culinaria, quiero destacar la importancia de la integración de los departamentos . Muy pocos de los asistentes hemos tenido la oportunidad de conocer esa tierra de llanuras infinitas y atardeceres de fuego. De disfrutar sus platos típicos, admirar sus artesanías, empaparnos de su cultura, abierta, espontánea como el horizonte sin límite que los vio nacer y los impregna de alegría y calidez. Fue emocionante palpar como dos regiones tan diferentes en su historia, su geografía, sus costumbres y tradiciones, se estrechaban la mano y compartían tres días de convivencia estrecha y enriquecedora.

Demostración clara y palpable de la diversidad y riqueza de nuestro país. De la importancia de acercarnos más unas regiones a otras y no vivir en compartimientos estancos, como lo hacemos en la cotidianidad. Como si Nariño no tuviera nada que ver con la Costa Atlántica, ni los Santanderes con los cundiboyacenses, ni los del Vichada con el Chocó. Vivimos divididos. No nos conocemos. No nos importamos y nos comportamos dándonos la espalda. Es muy difícil que en el Valle nos enteremos de lo que sucede en Bucaramanga, a menos que sea una catástrofe nacional, o que los barranquilleros se interesen por los problemas de Ipiales, por citar algunos ejemplos. En la práctica no solamente somos federalistas, sino autistas separatistas.

Por eso me emocioné hasta la médula de los huesos al ver bailar joropo zapateado al ritmo del arpa y las maracas. Sentir las vibraciones llaneras, degustar el sabor a leña ahumada y perfumada de la ternera, deleitarme con la mojarra. Palpar rejos de ganado, fierros de herrar y estribos en pleno Popayán, en el recóndito y mágico Valle de Pubenza. Escuchar los acordes del Meta que traspasaron montañas para llegar hasta el Cauca.

Esta integración debería darse más a menudo. No se ama sino lo que se conoce, y los colombianos estamos muy lejos de conocernos, querernos y considerarnos como un todo nacional. Felicitaciones, Meta. Definitivamente marcaron una pauta en ese encuentro gastronómico y cultural.

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