Por: Aura Lucía Mera

Se masca la tragedia

PLAYAS DE CARTAGENA. BOQUILLA. Crespo. Morros. Edificios blancos de ventanales azules, muy acordes con el paisaje. Turistas. Lugareños. Niños. Muchos niños.

Decenas de cabecitas que flotan por encima de las olas y parecen punticos mecidos por el vaivén de marea y espumas. Terceras edades flotando en las aguas del Caribe salado. Jóvenes atléticos y sardinas ensiliconadas mostrando glúteos y pectorales. Cometas. Tablas de surfing. Canoas con motores fuera de borda arrastrando redes repletas de peces seguidas por bandadas de pelícanos. Acuamotos. Lanchas con flotadores-balsa que pasean a todo dar los turistas que se atiborran encima y dan brincos espectaculares con cada ola que atraviesan. Palenqueras. Masajistas. Vendedores de collares y abalorios. Agua de coco, aceite de coco, cremas de coco. Peluqueras de ébano que ofrecen trenzar hasta a las calvas.

Playas llenas de colorido. Olores y colores amotinados. Cangrejos curiosos que salen de sus guaridas de arena gris. Baldes y palas. Flotadores. Hamacas. Rimax. Toldos. Nubes que se desploman en chorreras de agua. Soles intermitentes. Vientos ocasionales. Sopor y humedad. Playas de agosto que despiden sus últimos visitantes. Mar plateado o plomizo. Mar tranquilo que se ofrece generoso rindiéndose en pequeñas olas hasta fundirse en la arena.

Playas donde se masca una tragedia por la desidia, la falta de reglamentación, la pereza o la indiferencia tanto de sus gobernantes como la de los administradores de los numerosos condominios. No existe línea divisoria, boya, aviso, letrero o reglamentación alguna que divida el corredor de las tablas de surfing, las lanchas rápidas, las acuamotos y las canoas con motor, y redes de pescadores del territorio donde flotan esas decenas y decenas de cabecitas que coquetean con el mar y juegan con las olas. Niños, adultos y jóvenes comparten el mismo espacio —léase, el mismo— con las cuerdas de las cometas, las tablas, los motores y las velocidades suicidas de los acuamotociclistas. La policía que se pasea de vez en cuando, se supone que cuidando de los turistas y los bañistas, sostiene que no puede hacer nada para que las cometas y los motores transiten por aguas más profundas sin amenazar la vida de los que están dentro del agua. Los edificios no tienen ningún reglamento. A la Alcaldía parece que le importa un rábano que alguien salga decapitado o mutilado. La palabra boya no existe en ningún diccionario.

Inútil tratar de contactar a alguien que se haga responsable. Porque: “ajá… aquí las cosas son así... ajá”. Y el zumbido de los motores y las cometas que caen en picada entre los bañistas. Me pregunto, o le pregunto a la alcaldesa de Cartagena, ¿tendrán que recoger varias cabezas para reglamentar el uso de motores y aparatos de alta velocidad en los espacios donde se bañan los niños o se podrá hacer algo al respecto antes de que ocurra una tragedia?

Cartagena en agosto. Una ciudad casi vacía. Unos precios exorbitantes. Ninguna reglamentación de nada en nada. Atascos de tráfico. Playas caóticas y peligrosas. Ojalá la María Mulata se apersone y no todo sea salir en las fotografías del Centro de Convenciones. Mucho tilín y nada de paletas. A ver si las playas tienen algún día paternidad o maternidad responsable.

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