Por: Arturo Guerrero

Se murieron las noticias

Se acabaron las noticias. Colombia dejó de ser el paraíso de los corresponsales internacionales. La vida simbólica de los ciudadanos ya no es una película de acción, balas y muertos. La sangre no tiñe los titulares.

No es que ahora no haya muertes violentas, es que no las hay en las zonas rurales donde durante medio siglo Colombia fue un Vietnam. Bueno, el medio siglo que han vivido los 48 millones actuales, porque de ahí para atrás este país siempre fue una sola sangre. 

Los protagonistas de la guerra en pantallas son las cámaras de vigilancia, no los helicópteros de antes. Los ojos electrónicos invisibles espían hoy en las ciudades grandes, graban el atraquito encapuchado, el raponacito, el crimen doméstico generalmente contra mujeres.

La mente diabólica pública pasó de estremecerse ante los cadáveres congestionados de los jefes guerrilleros, a alarmarse por la probabilidad de aparecer como víctima mañana al mediodía en el noticiero amablemente camarografiado por la policía.

Estas pequeñas fechorías de baranda no interesan como noticia en el extranjero, carecen de aura política. En el interior de país, en cambio, satisfacen la asignación de morbo inyectada por quienes saben que mantener una sociedad con los nervios a mil es manejarla como rebaño.

Por eso la guerra simbólica rural pasó a ser guerra simbólica urbana. Por eso la paz con las Farc no inmutó a los transeúntes de Bogotá, Medellín, Cali. No hubo fiesta porque no se sintió como transformación efectiva de la cotidianidad. Los mismos ladrones con idénticas pistolas continuaron perpetrando los acostumbrados paseos millonarios. ¿Cuál paz?

De modo que en materia de noticias nos volvimos cascareros, tibios. Nada que ver con la épica atroz de las masacres, tomas, secuestros, motosierras. Los buscadores de noticias viraron hacia Venezuela, Trump, Corea del Norte, Putin, Siria. Por allí alardea James Bond.

En los medios nacionales la emoción ronda a la Fiscalía. Sus partes son graneados con cálculo: un asesor presidencial por aquí, tres presidentes de Corte Suprema por allá, decenas de congresistas elásticos por todos lados, fiscales anticorrupción corruptos.

Cada semana un deportista aislado suministra otra cuota de oro, plata o bronce para enriquecer el imaginario. Los puentes festivos son bostezos festivos. La visita del papa exhuma términos como nunciatura, encíclica, papamóvil, pasados de moda desde la Edad Media. De algo tienen que hablar los medios.

Al marcharse el papa caerá la avalancha de los setecientos mil candidatos a la presidencia. De eso nos embruteceremos hasta mayo cuando la nueva administración entonará bienvenida a la historia patria definitiva.

Entre tanto la guerrilla en paz se afana encapsulada en casitas de cartón. Intenta, por un lado, equipo de fútbol propio. Intenta, por otro, su nuevo partido político con nombre redundante. ¿Acaso toda fuerza revolucionaria no es por sí misma alternativa? Tampoco esta torpeza ha sido noticia. Desde cuando se murieron los muertos se murieron las noticias.   

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