Por: Patricia Lara Salive

Se necesita un presidente

El espectáculo liderado por el senador Uribe ha sido lamentable: después de que el 8 de abril fueron derrotadas en la Cámara las objeciones presidenciales a la ley estatutaria de la JEP por 110 votos contra 44, el 30 de abril, luego de dilaciones orquestadas, el Senado por fin pudo votar y las hundió por 47 votos contra 34.

Entonces, con argucias, el uribismo se empeñó en aumentar el quorum con dos senadores que nunca se posesionaron, Iván Márquez y Aída Merlano, para decir que el total de habilitados para votar era de 108 y no de 106, cuando la ley es clara al respecto. Si a esos 106 posesionados se les restan los 14 impedidos, el quorum es 92. Y la mayoría indiscutible es 47.

De modo que el entierro de las objeciones es incuestionable tanto jurídica como matemáticamente. Y políticamente sí que es evidente pues, para llegar a ese resultado tan dañino para la paz y la imagen del país, Uribe, Duque y su combo han pasado por encima de la ética: han enloquecido a los jefes de las bancadas liberal, de la U y de Cambio Radical: César Gaviria, Germán Vargas Lleras y Aurelio Iragorri, para que modifiquen su posición digna y vertical en defensa del Acuerdo de Paz; y han tratado de seducir a los senadores de esos partidos con el fin de que se volteen contra sus bancadas —lo cual acarrea sanciones— o no asistan a las votaciones, tal como ocurrió cuando el presidente Uribe logró cambiar el “articulito” que, en el 2006, le permitió reelegirse y por lo cual su ministro del Interior, Sabas Pretelt, y los parlamentarios Teodolindo Avendaño y Yidis Medina acabaron en la cárcel. Ese podría llegar a ser el caso de la senadora de la U Maritza Martínez, quien anunció que votaría contra las objeciones por disciplina de bancada, pero huyó del recinto antes de votar. Luego se supo que el 26 de abril el presidente y su ministro de Ambiente, Ricardo Lozano, mediante el Decreto 734, nombraron representante de Duque ante el Consejo Directivo de Cormacarena a Orlando Barbosa Villalba, uno de los financiadores de la senadora Martínez. Todo indica que el caso pararía en la justicia y, probablemente, enredaría a los firmantes del decreto y a la senadora, quien tendría que demostrar que su fuga no fue estimulada por la mermelada presidencial.

Ya es hora de que el presidente Duque entienda que esa obsesión de Uribe contra la JEP daña no sólo a este país que no avanza por culpa de esa pelea perdida, sino su imagen, pues ya aparece claro que él actúa como títere de ese a quien llamó “presidente eterno”. Y perjudica demasiado el prestigio internacional de Colombia, porque el mundo, empezando por el Consejo de Seguridad de la ONU, no entendería que el presidente pudiera resultar acusado de cometer cohecho para hacer trizas la paz.

Reflexione, presidente Duque, aún le queda una oportunidad: detener el circo, aceptar el resultado limpio de la votación, sancionar sin dilaciones la ley estatutaria de la JEP, buscar un consenso entre todas las fuerzas políticas empezando por los líderes del partido FARC —los otros firmantes del Acuerdo de Paz— y doblar la página para determinar, entre todos los sectores, cuál es la Colombia grande que queremos construir, e impulsar al país a trabajar unido para alcanzarlo. Así, usted se crecería y podría gobernar solito.

Pero, para lograrlo, como Freud descubrió que les ocurre a los hombres, tiene que desmarcarse de esa figura castradora de autoridad y, de una manera simbólica, en lenguaje sicoanalítico, matar al padre.

www.patricialarasalive.com, @patricialarasa

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2019-05-03T00:30:30-05:00

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2019-05-03T00:45:01-05:00

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