Por: Eduardo Barajas Sandoval

Se presiente una Europa distinta

La solución consolidada por Francia, Alemania y el Banco Central Europeo, para concretar los acuerdos generales de la Cumbre Europea del 21 de septiembre, salva por el momento a Grecia y fortalece la Unión, pero pospone el problema de las posibles quiebras y debilita a los Estados.

Quedó demostrado que sí había una solución institucional que no implicara el sacrificio indiscriminado del pueblo griego, y el de su gobierno, que tendrían que soportar unas cargas muy pesadas y satisfacer en tiempos inverosímiles unos compromisos que nadie sería capaz en este mundo de cumplir más que en el papel. Poco a poco, al tiempo que sobrevive, la Unión Europea va cambiando de contenido y de carácter, posiblemente con beneficios para las regiones.  

La Unión Europea, que es un bien internacional de mucho valor como conquista de pueblos que hace un Siglo se preparaban para dos guerras feroces, ha sido capaz de sobrevivir y parece salir fortalecida de una dura prueba que llegaba a amenazar su propia viabilidad. El hecho de que se hayan podido hallar fórmulas internas de arreglo de problemas como el que ahora parece solucionarse, dentro de los esquemas propios de la institucionalidad, es una buena noticia. No habrá que hacer cambios institucionales, tan complicados, para paliar la situación, y queda aparentemente cerrado el paso a acciones centrífugas que conducirían a una dispersión de consecuencias imprevisibles.

Sin duda la Unión ahora abarca más, incide más en el manejo de los asuntos económicos de los Estados, y se consolida en el escenario europeo como el ente rector de cada vez más detalles de la vida ciudadana, en la medida que todo debe funcionar con mayor intensidad y compromiso en la perspectiva de los intereses comunitarios.  Aunque, claro está, una vez más los bancos quedan a salvo, es decir que el pago de las deudas afecta primero los fondos comunes que los intereses de quienes tienen el privilegio de siempre ganar.

No obstante lo anterior, no sobra observar cómo resulta de difícil luchar para evitar las consecuencias devastadoras que conlleva la lógica propia de las aventuras económicas en las que a veces se matriculan los gobiernos dentro de un sistema implacable, que puede determinar inclusive su propia destrucción. Aunque no se puede dejar de advertir que los arreglos conseguidos, por valiosos que sean, tienen también una lectura menos optimista, que no deja de mortificar: se ha pospuesto  un problema difícil de atajar, que tarde o temprano puede llegar a requerir esfuerzos aún mayores que los de ahora, si se revisa la lista de países que no están muy lejos de la situación que Grecia ha tenido que soportar.

Tienen razón quienes advierten, en otras latitudes, sobre la necesidad de tomar todas las precauciones para evitar que el mal de Grecia se manifieste con sus consecuencias devastadoras en países que juegan con las mismas reglas que los de Europa pero sin la solidez suficiente para afrontar los retos de manera solitaria, y sin pertenecer a un club, como el europeo, que pueda acudir con solvencia y compromiso a su rescate.

Para el contexto internacional del momento, en todo caso, resulta mucho mejor una Europa unida que una Europa dispersa, porque ya sabemos las consecuencias que las disputas traen en un continente que tiene la costumbre de cambiar su mapa una o dos veces por siglo. Y en la medida que los arreglos conducen al mismo tiempo, como parece, al debilitamiento de los Estados, tendremos que imaginar un escenario europeo fuerte, con Estados débiles, que en la especificidad de la consulta de los intereses populares, tenga que acudir más bien a las regiones, que tienen identidad antigua y consolidada y pueden llegar a configurar un mapa más idóneo de posibilidades de satisfacción ciudadana. Esa es la Europa distinta que se puede presentir.

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