Por: Sergio Otálora Montenegro

Se prohíben los sofás

DIJO SANTOS EN SU DIScurso de posesión, que él no había cerrado la puerta del diálogo con llave. Supongo que la debe tener a buen recaudo, y aún no la ha botado al mar, a pesar de la última emboscada aleve de las Farc. Pero eso de proponer que se prohíban los despejes por ley, es como hacer lo propio con el sofá del legendario cornudo.

 

Perdón: los despejes, como las comisiones de paz, o nombrar al presidente Chávez de mediador, son todos mecanismos para lograr un objetivo. En asuntos de guerra, o de paz, cualquier cosa puede pasar. No hay un guión de hierro, inapelable. Lo que ayer podía ser absurdo, hoy es factible. Es la rara alquimia de los procesos de desarme y reconciliación, que siempre están determinados por las condiciones históricas, por las correlaciones de fuerza, por las urgencias políticas y económicas. Por la fatiga de la violencia. Ante ella, se ensayan caminos, se buscan respuestas inéditas.

Afirmar, por lo tanto, que nunca más en territorio colombiano podrá haber despejes como el del Caguan, es resultado de la euforia guerrerista que aún permea el espíritu nacional. Cuando se ha inculcado, con gran destreza, la idea de que la subversión está derrotada, o por lo menos diezmada y en sus últimos estertores, lo más lógico es rechazar cualquier método distinto al de la rendición y entrega de armas sin condiciones.

No es tampoco la primera vez que se da un ambiente hostil a una salida diferente al de la bala a discreción.

Así fue cuando el liberal Virgilio Barco llegó al poder, en 1986, precedido por cuatro años de un tormentoso proceso de diálogo, que terminó, por el lado del M-19, en la masacre del Palacio de Justicia, y por los predios de las Farc, en una tregua amenazada por distintos flancos. El nuevo presidente, que representaba a un amplio sector que consideraba que Belisario Betancur había ido demasiado lejos en su estrategia, y que sus fórmulas no podían volverse a repetir (¿les suena familiar?), decidió que lo mejor era "institucionalizar" al país, evitar cualquier esfuerzo de mediación de la sociedad civil y centrar la consigna de "mano tendida y pulso firme", en un comisionado de paz encargado de hacer la guerra por otros medios. Sobra decir que al final del cuatrienio Barco, lo que tanto se había combatido (las comisiones, los mediadores de buena voluntad, las reuniones secretas) tuvo que utilizarse para negociar, con el M-19, la liberación de Alvaro Gómez, secuestrado por ese grupo insurgente. El llamado "cese de fuegos" se había roto con las Farc, el país estaba inundado en sangre, las masacres y los crímenes selectivos eran cosa de todas las semanas, los paramilitares no atacaban a la guerrilla (supuesta justificación de la existencia de esos escuadrones de la muerte) sino a la población civil, y, como lo demostró el desaparecido diario La Prensa en su momento, después del asesinato de Luis Carlos Galán, al tiempo que se declaraba en público la guerra sin cuartel contra las mafias del narcotráfico, había diálogos secretos con ellas.

Por desgracia, al parecer la coalición de gobierno habla en serio cuando se refiere al tema de los despejes. Lo que confirmaría, entonces, su falta de seriedad y su oportunismo político. Es obvio que esta estrategia es impensable en las circunstancias actuales, pero es ridículo pensar que nunca más se volverá a ensayar, como si pudiéramos adivinar el futuro. Los ciclos de la guerra cambian, así como la mentalidad de los pueblos y de sus líderes. Y como lo sabemos por experiencia, el anhelo de paz siempre está latente en el alma popular, así haya grandes elogios circunstanciales a la tierra arrasada.

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