Se requiere un cambio de rumbo

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El desplome de la economía mundial nos ha llevado a revisar el estado de la ciencia económica. Luego del buen desempeño entre 1945 y finales de 1970, se creó la visión de que los grandes avances de la ciencia económica y de las instituciones habían creado un Estado que prevenía y evitaba las caídas libres que se presentaron antes de la Segunda Guerra Mundial, y tuvo la mayor manifestación en la recesión de los años 30. El panorama se enrarece con la globalización iniciada en 1982, impulsada por Reagan y Thatcher, y se torna crítica en los últimos 30 años. Las caídas libres de las economías reaparecen y adquieren grandes dimensiones en América Latina, Asia y el sur de Europa, en 2008 se extienden a los países desarrollados y llegan al sumo durante la pandemia del coronavirus.

Parece que muchos de los aspectos que se presenciaron al principio de la pandemia se han aclarado. En primer lugar, es indudable que el desplome de la economía mundial fue el resultado de un desbalance interno entre el ahorro y la inversión. En las economías desarrolladas se presentó un exceso de ahorro que provocó una fuerte reducción de la demanda, que no fue contrarrestada a tiempo. Los déficits fiscales fueron tardíos e insuficientes. En las economías de mediano desarrollo, como fue el caso de Colombia, se presentó una deficiencia de ahorro que generó fallas estructurales que tienden a mantener y prolongar el estado recesivo.

La economía solo podrá salir de la crisis hasta que se revisen las concepciones clásicas de libre mercado que dictaminan el balance automático entre el ahorro y la inversión. En los libros de texto y en las teorías más celebradas de mercado se supone que el ahorro y la inversión se igualan por conducto de la tasa de interés y, en su defecto, por el déficit fiscal. Lo que se tiene en la realidad, más bien, es un exceso de ahorro en los países desarrollados y un faltante en los países de ingresos medios. En los primeros surge una deficiencia de demanda que se puede corregir con el déficit fiscal financiado con crédito externo, sin mayores traumatismos. En contraste, en los segundos, como sucede en Colombia, la política fiscal se torna superflua. El aumento del déficit fiscal incrementa el déficit en cuenta corriente y dispara el desempleo. Las economías quedan abocadas al incumplimiento del balance interno entre el producto nacional y el gasto, el principal postulado de la ciencia económica.

Las cuarentenas se justificaron o abrieron camino en los países desarrollados que operan con exceso de ahorro. En consecuencia, se esperaba que el choque provocara una caída libre del producto, que en un corto período retornaría a la posición de equilibrio. Como era previsible, no ocurrió así en los países en desarrollo que operan con bajo ahorro.

La información de los tres primeros trimestres bien leídos sugiere que el producto nacional caerá cerca del 10 % en la producción, y en el desempleo algo más, como se anticipó en los primeros meses del año. La nueva proyección del Gobierno, de que la producción caerá 6,5 % en el presente año y crecerá 5 % en el próximo, ya fue superada por los hechos. Mientras persista el bajo ahorro y el déficit en cuenta corriente, la economía no podrá superar la crisis y en algún momento se precipitará en estancamiento.

El proceso se complicará por los severos daños en la pobreza y la distribución del ingreso ocasionados y descubiertos por la pandemia. El Gobierno se verá obligado a aplicar una política de focalización del gasto que tenderá a elevar el consumo y reducir el ahorro. Por eso, la salida de la crisis adicionalmente al cambio la estructura de comercio internacional, requiere una acción en distintos frentes para elevar el ahorro y la tributación del capital y de los altos ingresos.

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