Por: Paul Krugman

Se trata de un país diferente

A LOS PARTIDARIOS FERVIENTES DE Barack Obama les gusta decir que ponerlo en la Casa Blanca transformaría al país. Con el debido respeto para el candidato, eso está planteado al revés.

Obama es un orador impresionante que hizo una campaña brillante, pero si gana en noviembre, será porque ya se ha transformado nuestro país.

La nominación de Obama no habría sido posible hace 20 años. Hoy es posible sólo porque la división racial, que ha conducido la política estadounidense hacia la derecha durante más de cuatro décadas, ha perdido gran parte de su escozor.

Y que no haya tintes raciales en la política estadounidense tiene implicaciones que van mucho más allá de la posibilidad de que estamos a punto de elegir un Presidente afro estadounidense. Sin la división racial, el mensaje conservador  que ha dominado por mucho tiempo el escenario político pierde gran parte de su efectividad.

Por ejemplo, hay que considerar ese viejo recurso conservador: denunciar el gobierno gigantesco. La semana pasada, el vocero económico de John McCain dijo que Barack Obama es el verdadero heredero fiscal del presidente Bush, porque está “dedicado a la tradición reciente de Bush de gastar dinero en todo”.

Ahora, la verdad es que los impulsos de gastos enormes del gobierno de Bush han estado limitados en gran medida a los contratistas de la defensa. Sin embargo, para ir más al grano, la campaña de McCain se está diluyendo si piensa que este tema tendrá eco entre el público.

Ello se debe a que a los estadounidenses nunca les ha disgustado un gobierno enorme, en lo general. De hecho, les encantan la seguridad social y Medicare, y aprueban con firmeza a Medicaid, lo que significa que los tres grandes programas que dominan el gasto interno tienen un apoyo popular abrumador.

Si Ronald Reagan y otros políticos tuvieron éxito, por un tiempo, en convencer el electorado que el gasto gubernamental era malo, fue porque sugirieron que los burócratas se estaban llevando el dinero que los trabajadores habían ganado con mucho esfuerzo y se lo estaban dando a quién sabe quién: “el joven rapero atrapado” usando estampillas para comida para comprar cortes finos de carne, o la reina del bienestar social que conducía un Cadillac. Si se quita el elemento racial, a los estadounidenses les gusta bastante el gasto gubernamental.

Sin embargo, ¿por qué la división racial se volvió mucho menos importante en la política estadounidense?

Parte del crédito desde luego que es para Bill Clinton, que terminó con el bienestar social como lo conocíamos. No estoy diciendo que terminar el programa ‘Ayuda para las familias con hijos dependientes’ (AFDC, por sus siglas en inglés) fue algo completa e incondicionalmente bueno; generó muchísimas penurias. Sin embargo, los “vagabundos del bienestar social” jugaron un papel en el discurso político en una forma excesivamente desproporcionada con relación al gasto real del AFDC, y la reforma al bienestar social removió ese tema de la mesa.

Otro gran factor ha sido la disminución de la violencia urbana.

Como documenta el historiador Rick Perlstein en su nuevo libro increíble, Nixonland (Nixonlandia), en realidad, el turno de la derecha dura en Estados Unidos empezó en 1966, cuando los demócratas sufrieron un revés severo en el Congreso, y Ronald Reagan fue elegido gobernador de California.

La causa de ese giro hacia la derecha, como lo muestra Perlstein, fue el miedo de los blancos a los disturbios urbanos, y el temor asociado de que leyes de viviendas justas permitirían que negros peligrosos se mudaran a barrios de blancos. “La ley y el orden” se convirtió en el grito de los mítines de los políticos de derecha, sobre todo los de Richard Nixon, que llevó consigo ese temor justo hasta la Casa Blanca.

Durante los años de Clinton, por razones que nadie comprende por completo, aminoró la violencia urbana, y con ello la capacidad de los políticos de explotar el temor de los estadounidenses.

Es cierto que el 11 de septiembre dio al factor miedo un segundo aire: cuando Karl Rove acusó a los liberales de ser blandos con el terrorismo sonó justo como Spiro Agnew acusando a los liberales de ser blandos con el crimen. Sin embargo, la credibilidad del Partido Republicano como el defensor de Estados Unidos se ha filtrado en las arenas de Irak.

Permítaseme agregar una hipótesis más: aun cuando todo el mundo se burla de lo políticamente correcto, yo argumentaría que décadas de presión sobre las figuras públicas y los medios informativos han ayudado a sacar el racismo, tanto abierto como fuertemente implícito, del discurso nacional. Por ejemplo, no creo que hoy en día un político pudiera salir impune si transmitiera el infame anuncio sobre Willie Horton de 1988.

Infortunadamente, la campaña contra la misoginia no ha tenido el mismo éxito.

Por cierto, fue durante el apogeo de la generación de la posguerra que el racismo burdo se volvió inaceptable. Obama, quien ha sido desdeñoso hacia el “psicodrama” de esa generación, podría darle algo de más crédito por haber propiciado este cambio, por haber luchado por los derechos civiles y protestado contra la guerra de Vietnam.

De cualquier forma, nada de esto garantiza la victoria de Obama en noviembre. La división racial ha perdido gran parte de su escozor, pero no todo: se puede estar seguros de que escucharemos muchísimo más sobre el reverendo Jeremiah Wright y todo eso. Más aún, a pesar del discurso de aceptación de la derrota, elocuente y cortés, de Hillary Clinton, es posible que algunos de sus partidarios aún se nieguen a apoyar al nominado demócrata.

Sin embargo, si Obama gana, ello simbolizará el gran cambio que se ha llevado a cabo en Estados Unidos. La polarización racial solía ser una fuerza dominante en nuestra política, pero ahora somos un país diferente y mejor.

*  c. 2008 - The New York Times News Service

 

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