Por: Salomón Kalmanovitz

Se viene el TLC con Estados Unidos

La larga procesión del TLC de Colombia con Estados Unidos ha cuestionado los dogmas con que se piensa la relación económica entre los dos países.

Lo más inesperado ha sido la exigencia de los sindicatos norteamericanos de jugar en un terreno equilibrado. Se trata de otorgarles a los sindicatos locales las mismas oportunidades de organizarse, negociar colectivamente y de obtener la protección del Estado de que disfrutan los trabajadores de Estados Unidos. Éstos no podían competir con trabajadores que ganan salarios ocho veces menores y que además no podían recurrir a la negociación para poder disfrutar de la civilización capitalista.

Las presiones se han concretado en la voluntad política para que la Fiscalía dedique recursos al esclarecimiento del asesinato de más de 2.800 dirigentes sindicales durante los últimos 15 años y a que el Gobierno se preocupe por la seguridad de los trabajadores. En el mismo sentido se ha retirado la legislación que permitía la intermediación de los contratos de trabajo por supuestas cooperativas que frecuentemente no reconocían las prestaciones sociales y la afiliación a la seguridad social, lo cual había reducido los salarios, enmiserando a millones de trabajadores. Queda por retirar la legislación de la era Uribe que reducía el valor de las horas extras y decretaba que la jornada nocturna comenzaba a partir de las 10 de la noche. Daniel Pacheco se preguntaba en El Espectador del 9 de octubre si una vez aprobado el TLC podían darse mayores progresos en la condición de los trabajadores colombianos, una vez desaparecían las condiciones de presionarlas por medio de las negociaciones.

Una de las consecuencias del tratado iba a ser la puesta en acción de una agenda interna de modernización, la cual fue abandonada en medio de la desidia y de la corrupción en el uso de los recursos que se destinaron a ella. El programa Agro Ingreso Seguro es la muestra más palpable de que las platas destinadas a la investigación, al fortalecimiento del control fitosanitario —indispensable para poder exportar alimentos a Estados Unidos, Canadá y Europa— y a la infraestructura terminaron en los bolsillos de grandes y atrasados terratenientes del Magdalena y del Valle del Cauca. La propia inversión en transporte se desvió hacia muchos nules. Hoy el país está a la puerta de enfrentar una mayor competencia en su producción transable y cuenta con la misma atrasada infraestructura de siempre; no tiene siquiera una aduana administrada rigurosamente para aplicar las salvaguardas concedidas en la negociación del TLC.

Los trabajadores norteamericanos conocen que el libre comercio permite que las grandes empresas hagan una división internacional del trabajo donde juega el nivel de los salarios, los mercados internos, el capital humano acumulado (ingenieros, científicos y tecnólogos) y los costos de transporte hacia los grandes mercados. La movilidad del capital ha permitido el traslado de los procesos de manufactura sobre todo hacia China y México, dejando amplias regiones de Estados Unidos postradas con el cierre de factorías y en la pobreza.

Colombia puede jugar un papel marginal en esta nueva división internacional del trabajo, pero no cuenta con la energía interna para movilizar sus recursos, modernizar y democratizar la sociedad, desarrollar sus infraestructuras y destinar recursos importantes a sus escuelas, tecnológicos y universidades. El TLC no cambia mucho el curso de nuestro destino.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Salomón Kalmanovitz

La batalla de los tiempos

¿Quién los está matando?

Un balance preliminar

El futuro cercano

Un gobierno de Duque