Seamos serios con el Ministerio de Ciencia

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Claudia P. Vaca G./C arolina Gómez M.

Las afirmaciones de la ministra de Ciencia y Tecnología sobre el tratamiento que administró a pacientes con cáncer y los supuestos resultados, hacen insostenible su presencia en el cargo.

Rayos y centellas llueven desde que apareció el reportaje y la entrevista que publicó Pablo Correa en El Espectador. Nadie habló antes. Nadie dijo nada cuando la ministra fue llamada a participar en la Misión de Sabios. 

Y la verdad es que no es solo a la ministra a la que le falta seriedad. 

Esta historia es el resultado de la falta de seriedad de un proceso de selección que no tomó en cuenta que ella llevaría sobre su espalda la mirada inquisidora de la comunidad académica y científica. Una comunidad con códigos estrictos, competitiva y excluyente por antonomasia. Que el alto gobierno ignore esta realidad, significa que no se toma con seriedad y rigor a la comunidad que viene impulsando la política de ciencia, tecnología e innovación desde hace varios años.

Es muy difícil que nuestra sociedad injusta e inequitativa produzca un individuo de las minorías excluidas que a la vez maneje con fluidez los códigos de esa comunidad científica, en esencia machista, racista y centralista. Es más difícil aún incluir en los círculos de poder de la ciencia de las grandes ciudades y universidades a los científicos de las regiones -y de los grupos sociales de la periferia- para que sean vistos como pares.

Esas eran las expectativas de este nombramiento. Pero el desdén de la ministra por el método científico dejó a todos perplejos. Sin embargo, no es por su salida en falso que se desvanece una oportunidad para que las minorías hagan parte de las élites científicas y académicas. Para romper ese círculo se requieren políticas deliberadas de educación, otras formas de medir y promover ecosistemas de innovación e investigación desde la periferia y una política diferencial de la promoción de la ciencia y la tecnología en las zonas marginadas. 

Políticas que aún no existen en el país y que tendrían que ser prioritarias en el arranque de este ministerio.

Estas aproximaciones no estuvieron presentes en las declaraciones del gobierno cuando anunció la designación de la ministra, quien aceptó con viceministros posesionados, plan estratégico formulado y un limitado presupuesto. Sorprende que una cabeza de sector acepte el cargo cuando ya todo está decidido. La elección de la chocoana Mabel Torres por parte del alto gobierno pareciera más bien una formalidad para mostrarse incluyente, que un verdadero compromiso con la minorías, en especial en un contexto de degradación de la situación en el Chocó. 

Todo indica que la justificación de su nominación se centró en su ánimo emprendedor y perseverante. Se presentó como un caso exitoso de la economía naranja, que ahora coloniza todos los ámbitos de la política pública. 

Un discurso muy peligroso para el naciente Ministerio de Ciencia y Tecnología por el falso imperativo que difunde: que toda investigación científica debe traducirse en una empresa y que todo científico debe ser un emprendedor. Este es el atajo que tomó la ministra cuando renunció al rigor científico para acelerar su empresa y un camino que a otros seduce y que están tomando. 

No se trata de menospreciar la creación de empresa. Se trata distinguir hasta dónde va un proyecto de investigación, en qué momento se convierte en un emprendimiento y establecer los incentivos en el lugar que corresponde, sin menoscabo de la investigación científica básica y rigurosa.

En la observación del uso tradicional que las comunidades dan a las plantas se soporta gran parte del éxito de la industria de medicamentos. La etnofarmacología es una disciplina seria. Se trata de entender y documentar este valioso conocimiento y luego retarlo para confirmarlo o descartarlo. 

Sorprende que en las redes algunos defensores de oficio de la Ministra la compararan con Copérnico por su rebeldía con la ciencia, o que citaran las clásicas investigaciones farmacológicas sobre plantas medicinales para justificar sus hipótesis curativas.

De toda la estructura del método científico, basada en la observación y la medición para garantizar la reproducibilidad de los resultados, la experimentación con humanos es la más compleja y delicada. El interés científico tiene límites cuando se investiga con humanos. Por eso las sociedades científicas y médicas no tardaron en manifestarse, pidiendo explicaciones y cuestionando las prácticas de la ministra. 

Esta polémica también generó teorías de conspiración: La oposición al nombramiento de la ministra estaría orquestada por las grandes farmacéuticas por el hueco que las pequeñas empresas de remedios naturales harían a su mercado. 

Seamos serios. Es cierto que existen medicamentos que no son más que promesas caras e incumplidas y que hay dudas metodológicas y éticas sobre los experimentos que la industria farmacéutica financia. Pero no es saltándose los principios éticos y desdeñando el método científico que se va a resolver este problema. Al contrario, es más que oportuno emprender la formulación de una política nacional de investigación clínica basada en las necesidades de salud del país, independiente, libre de conflictos de intereses y rigurosa.

Mabel Torres no tiene otra opción que renunciar al atajo y al Ministerio, y de paso aliviar el peso de la avalancha de declaraciones en su contra.

Centro de Pensamiento “Medicamentos, Información y Poder”. Universidad Nacional de Colombia. Correo electrónico: medicinas_fcbog@unal.edu.co

 

 

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