Por: Carlos Granés

Secuelas del populismo venezolano

Lo que hizo Chávez y sigue haciendo Maduro quedará como una de las grandes infamias políticas de este siglo en Latinoamérica.

Entre los dos han hecho lo peor que puede hacer un gobernante: aferrarse al poder enfrentando a la sociedad civil. Ustedes malos contra nosotros los buenos, ustedes élites explotadoras contra nosotros el pueblo puro, ustedes extranjeros genocidas de indios contra nosotros patriotas auténticos, ustedes casta corrupta contra nosotros pobres trabajadores. Todas estas son clasificaciones arbitrarias que buscan forjar, a través de las bajas pasiones, un rebaño para que se sienta autorizado a despreciar al otro. El populismo, tan reivindicado últimamente, recoge la legítima indignación de sectores sociales que se sienten mal tratados por sus gobernantes, y la transforma en una burda caricatura en la que un puñado de elegidos, libre de todo vicio, emprende una cruzada para remediar todo mal. El perverso resultado de esta estrategia política se puede ver en Venezuela, un país donde el opositor, convertido en enemigo del pueblo o en agente de una conspiración extranjera, pierde sus garantías jurídicas.

Aquí ya no se trata de izquierdas o derechas; el populismo es volátil y con tal de recabar insatisfechos dirige su dedo acusador hacia los banqueros o los inmigrantes. No le interesa crear una ciudadanía de individuos iguales, ni entender que no es la élite, la oligarquía o la casta la que maltrata a los ciudadanos, sino quien puede. Es decir, quien accede al poder, sea rico, pobre, mestizo, blanco o indígena, y no encuentra contrapesos ni sistemas de control que limiten su voluntad. La solución de los problemas no pasa por reemplazar a los malos por los buenos. Pasa por controlar el poder de quien lo obtiene para que no se apoderare de las instituciones. El voto popular es sólo uno de los elementos de la democracia. Las urnas llenas no expiden certificados de idoneidad democrática. El demócrata no es el que llega a un cargo público sino el que entiende que se tiene que ir; el que sabe que el puesto no le pertenece y entiende que debe gobernar para toda la población. También, desde luego, quien advierte que la política, aunque puede hacer muchas cosas, jamás logrará reemplazar a la iniciativa ciudadana.

Ahora en Venezuela estuvo Felipe González, uno de los símbolos del socialismo europeo, asesorando la defensa de Leopoldo López, Antonio Ledezma y Daniel Ceballo, opositores que han sido encarcelados arbitrariamente. Human Rights Watch también se manifestó en contra de los abusos cometidos, e incluso le pidió al papa Francisco que aprovechara la reunión que tenía programada con Maduro para tocar el tema. Maduro canceló ese encuentro por razones obvias: cuando el Vaticano eligió a Bergoglio como reemplazo de Benedicto XVI, afirmó que Chávez, recién fallecido, había intercedido ante Dios para que el nuevo papa fuera un sudamericano. Ahora ese papa sudamericano parece dispuesto a jalarle las orejas.

Venezuela ha llegado a una situación insostenible. El socialismo europeo lo ve, Human Rights Watch lo ve, el papa lo ve. ¿Por qué entonces tantos se siguen haciendo los ciegos?

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