Por: Gloria Arias Nieto
Pazaporte

Sed

Tenemos demasiadas amenazas simultáneas atentando contra la democracia, contra la memoria y la vida; y así, de sorbo en sorbo y de herida en tristeza, la violencia física y los fanatismos que buscan hundir al pensamiento crítico, se han ido tomando nuevamente nuestra cotidianidad.

Para empezar, no es posible que luego de 60 años de conflicto armado pretendan entregarle a Colciencias la reconstrucción de la historia de las víctimas, la verdad de nuestros muertos y las borrosas coordenadas de los desaparecidos. Y quieran, además, darles a los militares la narrativa de la historia y un museo que —sesgado— ya no tendría sentido.

Nadie merece ser revictimizado por el olvido. La dimensión intelectual, ética y humana que tuvo el Centro Nacional de Memoria Histórica en manos de Gonzalo Sánchez, y su proyecto de museo —hoy en vilo—, necesitan que Colombia exija la verdad; la aplanadora de la derecha no puede acabar con las voces del pasado, y, por ende, con la posibilidad de reconciliación. Luego de monopolizar la memoria viene la castración del futuro. Y así sucesivamente pretenderán quitarnos los recuerdos, los pasos, los testigos de una guerra que —por si acaso el partido de gobierno todavía lo duda— sí existió y aún no acaba.

Hay demasiados bárbaros disparando su cauchera, sus decretos, su fusil o su ignorancia. Siguen los atentados contra líderes sociales, candidatos, desmovilizados de las Farc y defensores de derechos.

La independencia y el periodismo insobornable siguen amenazados por el poder tóxico y la corrupción.

En el caso de Noticias Uno, más de 200.000 firmas recogidas en la plataforma change.org, y el inmenso respaldo en redes, dejan claro que Colombia valora, sigue y respeta a quienes prefieren estar del lado de la verdad que del lado del poder; a quienes investigan con rigor y no se callan lo que encuentran. El periodismo independiente es oxígeno para la democracia, insumo para lograr la paz y el mejor puente entre la verdad y la conciencia.

Estamos, pues, en un momento de país en el que es indispensable no claudicar y lograr que, de todo lo que nos está pasando, la paz salga fortalecida. Muchas cosas valiosas podrían romperse porque las dejamos suspendidas en el filo de la indefinición, o porque la costumbre de la guerra nos desconectó el audio de la reconciliación.

La delirante declaración de los rearmados fue un golpe al proceso de paz; el vaso quedó medio vacío, pero nadie nos quita el deber y el derecho de llenarlo con chorros de agua lluvia, libre de violencia. Y, un día, ese mismo vaso calmará la sed de nuestros hijos porque habremos tenido la perseverancia y el sentido común de no desistir hasta haber cumplido la tarea.

En los próximos días, los guerrilleros del video serán oficialmente expulsados del partido político FARC. Así las cosas, sin partido, fuera del acuerdo, ad-portas de salir de la JEP, sin pertenencia ni pertinencia, no pinta bien el porvenir para los amparados por “la piña madura” y el funesto Maduro.

No estamos cerca de la paz total. Pero estamos muchísimo menos lejos que antes de empezar los diálogos de La Habana. Urge que Gobierno y sociedad asuman y cumplan los compromisos pactados en un acuerdo que el mundo observa con admiración.

Por alguna razón, afuera comprenden mejor que Colombia no se soluciona reciclando el delito en más pabellones de alta inseguridad, ni destinando el suelo a más cementerios donde queden, vencidos, los nuevos muertos.

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