Por: Arturo Guerrero

Seguir muriendo después de morir

Así les sucede a muchos de nuestros muertos. De tanto salir como cadáveres en las noticias de violencia, siguen vivos con terquedad asombrosa. Como pocos los conocen, como habitan en extramuros y en extratiempos, sus fotos negras y perforadas son la misma foto de hace cincuenta o cien años.

Una poeta colombiana retrata esta realidad con escalofrío. Es Anabel Torres en su pieza Cuando mi cuerpo y mi cabeza. Dice: “Mi padre, al morir hace tres años, siguió muriendo. / Logró tan difícilmente morir, que incluso / desde entonces / ha salido ileso de algunos atentados”.

Hace meses se predica la repetición del exterminio de la UP. Los bárbaros están desatados con sus gatillos dosificados y teledirigidos desde oficinas abullonadas en las capitales. La película homicida se repite, de modo que a los muertos les queda muy difícil morir.

Son el mismo muerto y otro muerto. Igual que los líderes sociales, negros, indios, ‘comuneros’ como se les llama hoy en lenguaje políticamente correcto. Los candidatos a muertos se multiplican en panfletos de amenaza que aparecen e inmediatamente son desmentidos por los perpetradores consuetudinarios.

Pero estos se apresuran, procuran abastecer a diario los comunicados dolientes y acartonados de los comités, juntas, movimientos a que pertenecían los acribillados. Como si quienes dan las sentencias de ejecución quisieran limpiar el país de los idénticos enemigos de hace doscientos años.

Por eso los consumidores de noticias se frotan los ojos tratando de identificar el muerto de hoy para no confundirlo con la marea de muertos que es pan de cada día. El efecto de indignación se diluye pues los cadáveres carecen de singularidad, son guarismos para abultar estadísticas.

Así las cosas, la sociedad se anestesia. De tanto seguir muriendo después de morir, nuestros muertos se vuelven disco rayado, papel quemado. Cae uno allí, otro al lado contrario del río, otro en la carretera solitaria. Son ingredientes del paisaje histórico. No conforman masacre ni genocidio pues mueren como islas.

Son tan islas que continúan saliendo ilesos de sucesivos atentados. Ilesos pero muertos en sus muertes aplazadas. Esto está planificado, les conviene a los organizadores generales de la devastación. Uno por uno no se nota, nadie captura a los autores materiales y si los capturan se convierten en otros muertos culpables de haberse dejado capturar.

Colombia es y ha sido arteria abierta que despilfarra la vida porque aquí no hay pena de muerte, pero qué pena que tanta muerte sea legal, prolongada, fraguada con pormenores. A los muertos les es difícil morir porque han de estar vivos para afrontar los atentados interminables. El siguiente vendrá dentro de tres días o años o siglos.

Las viudas de estos muertos imperecederos seguirán encendiendo veladoras, llamitas de ultratumba para ayudar a la muerte a que se lleve rápido a los muertos, a que no les haga tan difícil morirse.

Entretanto los exterminadores seguirán libres y absueltos. En todos los tribunales, con excepción del supremo de sus conciencias. En esta caja negra escucharán a Juan Rulfo:

“—¿Has oído alguna vez el quejido de un muerto? —me preguntó a mí.

    —No, doña Eduviges.

    —Más te vale”.  

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