Por: Sergio Otálora Montenegro

Segundo aire

Hemos dado un gran salto cualitativo: tendremos tropas norteamericanas en nuestro suelo, en nuestras bases militares, en el día a día de nuestro múltiple conflicto interno, hombro a hombro con nuestros soldados en el común objetivo de la derrota del narcotráfico y del terrorismo.

Pasamos de la larga distancia a la acción directa, en el terreno. Seguirán los programas de asistencia, pero al lado, como complemento, el plomo ahora lanzado con la precisión que dan los rastreos satelitales, los aviones espías, la inteligencia digital y humana. Seguirá la lucha perdida contra el narcotráfico, las interdicciones y los decomisos, la persecución a los capos, aunque me temo que el gran objetivo sea otro: preparar el terreno militar para un uribismo sin Uribe. La fase dos de la seguridad democrática de la mano, de carne y hueso, del tio Sam, apostado en las bases de Palanquero, Apiai y Malambó. El objetivo en mente, el real, no es el narcotráfico, sino una desafío mayor: el terrorismo, las Farc. Ya se vieron los excelentes resultados cuando la tecnología del Pentágono y la voluntad política de la Casa Blanca, hacen alianza con los planes de nuestros políticos y militares: es la combinación perfecta.

El general Freddy Padilla de León lo dijo sin medias tintas: se trata de tener información en caliente, en tiempo real, de los movimientos y acciones de los subversivos en un terreno de difícil acceso. Y para ello, los mortales juguetes de espionaje y de combate estadounidenses son clave.

Con todas las de la ley (por lo menos, eso afirman con mucha convicción) se nos han metido al rancho. Ya no es el tiempo de las invasiones, con bases militares propias al margen de las fuerzas locales. Ahora, se trata de aprovechar la capacidad instalada de un país como Colombia, experto en guerras irregulares, para albergar marines y contratistas (es decir, mercenarios), que "colaboren" en la derrota del enemigo común. Todo, claro, bajo el mando y la batuta del talento nacional. Ni más faltaba.

El presidente Barack Obama y el partido demócrata están jugando a varias bandas. Mientras tratan de darle contentillo a las poderosas organizaciones obreras norteamericanas, pisando fuerte en contra del TLC(de labios para afuera), le dan un espaldarazo militar y político al mismo gobierno que han acusado de no tomar medidas reales para evitar el asesinato de sindicalistas. De nada han valido las revelaciones de los falsos positivos, ni el escándalo de la parapolítica, ni las denuncias de asesinatos selectivos y violaciones sistemáticas de los derechos humanos a manos de agentes del Estado. Nos queda el premio de consolación: que en plena oficina oval, a la luz del día, le hayan dicho a Uribe que su intento de reelección es contraproducente y nocivo para la democracia. Nuestro presidente no se irá en el vacío: su reemplazo entrará armado hasta los dientes.

Es preocupante la presencia militar de Estados Unidos en Colombia. Llega en medio de una situación social explosiva, con los factores de violencia intactos, con una miseria rural y urbana galopante y con las cifras de desplazamiento en ascenso. El narcotráfico sigue alimentando sin tregua el aparato armado ilegal, al tiempo que la pobreza es el motor que pone la mano de obra de los ejércitos al margen de la ley: son las únicas "empresas" que ofrecen empleo "estable" a miles de jóvenes sin esperanza. El infierno va para largo, y más cuando parece reactivarse otro viejo tropel: narcos contra esmeralderos. Y viceversa.

Queda claro, entonces, que somos la punta de lanza de la lucha continental contra Chávez y sus aliados. La apuesta del establecimiento latinoamericano es un proyecto político como el de Uribe, de fachada democrática pero sustancia autoritaria y militarista, que le haga un contrapeso político e ideológico al "neopopulismo" en la región. Somos un experimento y un modelo. Puerta de entrada y de salida de tropas de la única potencia global.

Obama, pues, ha destapado sus cartas: más de lo mismo en México y Colombia, mientras trata de normalizar las relaciones con Cuba, último espectro de la guerra fría. El peligro está en otra parte, en el epicentro del socialismo del siglo XXI. A propósito: el congreso estadounidense acaba de señalar que Venezuela se está convirtiendo en un narcoestado.

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