Por: Miguel Ángel Bastenier

Segundo ‘round’ en Bariloche

Es posible sostener que chavistas y anti-chavistas quedaran con las espadas en alto en la pasada cumbre de Unasur en Quito por el solo hecho de que Venezuela no lograra la condena de Colombia, acusada de ceder a Estados Unidos siete bases militares.

Esa situación de tablas -que tiene mucho de enroque bogotano- es la causa de un segundo ‘round’ en la estación balnearia de Bariloche, Argentina, donde el presidente venezolano Hugo Chávez y el colombiano Álvaro Uribe –que no quiso ir a Ecuador- por fin se verán las caras.

Las diferencias entre Colombia y Venezuela son históricas y para Chávez, como para cualquier militar de su país, toda reafirmación geopolítica de Bogotá es algo grave. A los ojos de Colombia la Venezuela del petróleo tiene algo de maná en el vecindario; en otros tiempos llegó a haber más de dos millones de colombianos en el país vecino, hoy no bajan de un millón, y las importaciones de Bogotá, que Chávez quiere reducir en beneficio de otros proveedores, han sido un balón de oxígeno para Colombia. En los imaginarios colombiano y venezolano figuran ambas naciones muy prominentemente, y es perceptible el sentimiento de superioridad cultural que los bogotanos albergan hacia Caracas. Cuando los colombianos celebran ese conocido estribillo con denominación de origen, según el cual el castellano mejor hablado de América –y de la península- es el suyo, muchos ven a Venezuela como un viejo aristócrata a un advenedizo.

Y sobre ese complejo distanciamiento hasta la oposición venezolana tiene dificultades de principio. Fernando Ochoa Antich, dirigiéndose a sus “compañeros de armas” colombianos, escribía el domingo en ‘El Universal’ de Caracas que aunque fuera falso lo que sostenía Chávez de que el futuro ‘atrezzo’ de las bases constituyera una amenaza militar para Venezuela, sí se había producido una ruptura del equilibrio estratégico entre ambos países, y, aún deplorando el verbo siempre jupiterino del líder bolivariano, pedía mesura a Bogotá.

A la mayoría de los países latinoamericanos les molesta, primero, tener que invertir su tiempo debatiendo la crisis de las bases, pero, segundo, aún más que éstas existan. Solo hay dos miembros de la OEA, México y Perú, y apenas Lima en Unasur, que respalden con vigor suficiente la diplomacia de Uribe, y ello por razones sobradamente coyunturales. El presidente mexicano Felipe Calderón, porque todo lo que hoy lleve el sello de Estados Unidos es bueno por definición, en el estado de necesidad en que se encuentra de obtener el apoyo norteamericano en la guerra contra el narco y el problema de la emigración; y Alan García porque Perú está indispuesto o recela de sus próximos vecinos, tanto si son chavistas como Venezuela, Bolivia, y con matices, Ecuador, o con voluntad de neutrales como Chile. La única excepción es Colombia, con la que no tiene pleito, pero con la que rivalizaría si pudiera para ganarse el título de primer actor secundario de Washington en América Latina.

Y Brasil es quien, en definitiva, está más molesto porque la decisión colombiana rompe ese equilibrio estratégico al que se refería el ‘compañero de armas’ venezolano, pero no solo con el chavismo, sino a escala continental. El acceso norteamericano a las bases decanta a Bogotá aún más del lado de Estados Unidos, de manera incompatible con la formación de un bloque latinoamericano coordinado si no integrado por Brasil, como pretende el presidente Lula da Silva. Ese es el papel para el que se ha auto-designado el líder brasileño, el de máximo común denominador de lo que quisiera que fuesen las aspiraciones de América Latina ante el mundo. Y por eso, Lula preferiría en Bariloche más una pacificación de los espíritus que una condena de Colombia. Brasil ya fracasó como mediador en Quito, y una repetición de ese desencuentro no dejaría a su diplomacia en buen lugar. Por ello, aunque Brasilia gusta tan poco de las bases como Caracas, no tiene ningún interés en que se conviertan en un ‘casus belli’; todo lo contrario que el chavismo. 

Chávez, capaz de pillar las ocasiones al vuelo, no ignora que la vaga incomodidad contra Colombia que pueda animar a los Gobiernos que no son chavistas, pero que tampoco quieren que se les endose la etiqueta de anti-nada –Chile, Uruguay y puede que Argentina- no debería bastar para que los reunidos pronunciaran anatema, pero el inventor del neo-socialismo bolivariano tiene más que suficiente con un buen espectáculo que secunden Bolivia, quizá Paraguay, y muy distantemente Ecuador, cuyo presidente Rafael Correa siente ya el aliento de Chávez en el cogote y pugna por marcar diferencias; entre ellas, su deseo de reparar los puentes con Colombia, siempre que Uribe ceda a alguna de sus pretensiones, como olvidar que Raúl Reyes tuviera un computador. Pero lo que el líder bolivariano quiere, sobre todo, es embarrarle la diplomacia a Brasil. Es posible que en el frente interior Chávez experimente dificultades por el caos de la economía venezolana, lo que explicaría la prisa con la que hace aprobar leyes que pongan en pie un edificio para el que no haya marcha atrás, pero la partida exterior la está jugando bien. Y, por mucho que diga, es difícil creer que pretenda seriamente desembarcar en Colombia, donde solo algún despistado del Polo y las FARC siguen prodigándole ternura. 

La cumbre, por último, más que restañar diferencias es probable que contribuya a fijarlas, o, en el mejor de los casos, hacerlas más tolerables, porque Uribe ya ha jugado sus cartas y aunque Bogotá asegure que las bases son solo apeaderos para tomar un tintico, su simbolismo siempre será más fuerte que su eventual realidad. Por ello, en Bariloche no va a ganar nadie, y todos dirán que son los que han ganado.    

 

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