Por: Ramiro Bejarano Guzmán

Segundo tiempo

El triunfo de Santos no se debió a la fuerza de un movimiento santista, sino a la suma de liberales, progresistas y gentes de izquierda.

 Por primera vez en muchos años, tal vez desde las épocas de la lucha contra la dictadura de Rojas Pinilla, sin que nadie lo hubiese convocado, se constituyó espontáneamente un Frente Amplio por la Paz y contra la tiranía que encarna el Centro Demoníaco.

El papel del liberalismo, con la presencia altiva de César Gaviria, nos hizo recobrar la fe en el partido a muchos que andábamos inquietos con nuestra colectividad. Demostramos los liberales que cuando se trata de la supervivencia de la Nación y de los principios democráticos, no hay vacilación.

Los tiempos que soplan exigen cambios radicales. De entrada, es saludable para este país polarizado que el presidente en su discurso victorioso haya tratado a la izquierda con el respeto que merece. No más equiparar la izquierda con las Farc.

Lo primero que tendrá que hacer Santos es cumplir su palabra de honrar el pluralismo, corrigiendo el inmenso error en el que incurrió al pretender hacer un gobierno antiuribista con un gabinete de ministros uribistas, entre otros los de Defensa, Hacienda, Agricultura, Educación y Cultura, además todos godos, quienes por poco tumban al presidente. En efecto, nos tocó asistir al escenario peligroso de un gobierno en trance de reelegirse que 15 días antes de las elecciones tuvo que enfrentar paros agrarios y de maestros, amén de una reforma tributaria odiosa y otras decisiones antipáticas en la cultura, para no mencionar las reiteradas provocaciones de Juan Carlos Pinzón, que en cierto momento parecía ministro de los oficiales retirados y no del Gobierno.

Santos no se puede extraviar a la hora de recomponer su equipo en su segundo mandato. Hay que desuribizar, desconservatizar, desbogotanizar y desmomificar el entorno palaciego. El Gobierno debe aproximarse e interpretar las regiones, pero no trayendo momios vallecaucanos a que deambulen en la Casa de Nariño o en las embajadas, sino invitando a reconocidos líderes locales.

Será necesario abolir de una vez por todas la reelección, pero cuidado con aumentar el período presidencial a cinco o seis años. En efecto, la Carta Política fue concebida para que el presidente tuviera un período de cuatro años, y en función de ese detalle se diseñó toda la estructura del Estado, de manera que ampliar ese término podría traducirse en que no se recobre la normalidad de las instituciones sacudidas con la reforma perversa del “articulito”.

Por lo pronto, que continúe la negociación de la paz en La Habana. Por eso principalmente votamos el pasado domingo, y jamás nos arrepentiremos.

Adenda Nº 1. Las votaciones de los magistrados de la Corte Suprema para nombrar fiscal general son secretas. No obstante, Francisco Javier Ricaurte recusa tardíamente a Marcos Velilla, en su momento candidato a fiscal pero hoy consejero de Estado, dizque porque siendo magistrado de la Corte votó en contra de su aspiración a la Fiscalía. Si la votación fue reservada, ¿cómo alega ahora Ricaurte que Velilla supo del sentido de su voto cuando aspiraba a la Fiscalía? Esta recusación extemporánea de Ricaurte es una leguleyada para torpedear el proceso de anulación de su nombramiento como magistrado de la Judicatura, en el que soy uno de los demandantes. ¿Para qué dilatar ese asunto? ¿Acaso para ablandar en el entretanto la ponencia y provocar un fallo modulado que aunque reconozca la ilegalidad del yo te nombro y tú me nombras, tenga efectos sólo en el futuro? Si así va ser, qué vergüenza.

Adenda Nº 2. El país no se puede equivocar otra vez nombrando contralor. Las altas cortes deben escoger como candidatos a los mejores, y explorar todas las posibilidades. Inclusive, la Corte Constitucional, que no pudo escoger entre los aspirantes inicialmente inscritos, por cuenta de un empate que se produjo por el voto en blanco de un magistrado hoy retirado, debería reconsiderar con base en el parágrafo del artículo 77 de su reglamento interno, que se lo permite, volver a barajar todos los nombres, sin desechar ninguna opción. Eso sería democrático y transparente.

 

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