Por: Alvaro Forero Tascón

Seguridad poco democrática

EL PRESIDENTE URIBE PROPONE reelegir la seguridad democrática. En realidad plantea recortar aún más la democracia para impulsar la seguridad, es decir, seguridad democrática sin verdadera democracia.

La Doctrina Uribe consiste en reemplazar objetivos y métodos la paz por seguridad, la democracia indirecta por una seudo directa para asegurar la confianza inversionista. Es decir, la paz por guerra y la democracia por caudillismo, en aras del crecimiento económico. Los colombianos la han acogido con fervor.

Por eso centran su atención en los éxitos en seguridad, y hacen caso omiso de todo lo demás, incluidas las situaciones que habrían hecho tambalear otros gobiernos. Han interiorizado la tesis de que recortar drásticamente la democracia es un mal menor, y favorecer la inversión sobre la distribución del ingreso, un mal necesario.

En eso consiste el teflón presidencial. No es resultado de un embrujo mediático, sino del pegante de la doctrina política uribista, que es una obra de arte de la política, porque interpreta perfectamente el temperamento machista, la cultura finalista y el estado de ánimo violento de los colombianos, y es encarnada genuina y diariamente por el Presidente en su pensamiento y su acción. Una propuesta política tan efectista y populista como la de Alberto Fujimori en su momento.

Nadie niega los efectos positivos que tuvo el gobierno de Fujimori en Perú en materia económica y de seguridad. Nadie puede negar tampoco los efectos negativos de un gobierno que siendo una reacción de extrema derecha contra amenazas de extrema izquierda, incurrió en excesos peores a los que pretendía remediar.

Aún hoy hay sectores que defienden a Fujimori, como los hay en Chile que defienden a Pinochet. Pero las mayorías en esos países reconocen que se equivocaron en su radicalismo ciego a favor de ambos presidentes. Los peruanos aprendieron a las malas que el remedio de la seguridad a costa de la democracia resulta peor que la enfermedad. Si Fujimori tuviera la oportunidad de devolver el tiempo, seguramente dejaría el poder voluntariamente, antes de que el monstruo inefable del totalitarismo se le volviera en contra, despedazando su obra de gobierno.

Todo déspota comienza con grandes éxitos y arruina su legado por no detenerse a tiempo. Pero a Álvaro Uribe le queda tiempo suficiente para terminar su tarea histórica y conseguir una gloria mucho mayor que un tercer período, trasladando los esfuerzos que invierte en alargar la seguridad democrática, a recortar el camino hacia la paz.

La reflexión que debe hacer la sociedad colombiana es si es cierto, como sostiene el Presidente, que es inevitable sacrificar aún más la democracia para mantener la seguridad. Y el Presidente debe reflexionar sobre la posibilidad de que una segunda reelección saque a relucir su impresionante parecido con Alberto Fujimori, desnudando un hecho –el impresionante parecido de la yidispolítica y la parapolítica, esa combinación de paramilitarismo, corrupción, narcotráfico y sobornos al servicio del poder, con Montesinos–.

(*)Analista político, investigador en opinión pública.

Buscar columnista