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hace 1 día
Por: Luis Felipe Henao

Seguridad y prevención en el siglo XXI

Según estadísticas del DANE, el 15,6% de las personas en Colombia (es decir, tres de cada 20 individuos) sufrieron al menos un delito el año anterior, lo cual ha hecho que la inseguridad sea la principal preocupación de los colombianos en la mayoría de las ciudades. El principal crimen denunciado sigue siendo el hurto, con un 7,3% de personas afectadas, seguido por la extorsión, por lo cual la problemática de inseguridad se concentra en los delitos contra el patrimonio económico.

Teniendo en cuenta esta situación, el Congreso se ha centrado en reformar sucesivamente el hurto calificado, expidiendo más de siete leyes que lo han modificado en los últimos años, como si con el solo hecho de reformar las normas cambiara la situación. Sin embargo, la comisión de este delito sigue aumentando, a tal punto que algunas personas hayan propuesto de manera increíble volver a la Edad Media y permitir que todos los colombianos estemos armados para que matemos a los delincuentes.

Una cosa es que un médico, luego de haber sido amenazado en varias ocasiones, haya tenido que actuar en legítima defensa para proteger su vida de unos asaltantes, y otra muy distinta es que seamos tan primitivos que tengamos que promover que los ciudadanos anden armados en las calles como si se tratara del salvaje Oeste, lo cual al final terminaría generando numerosas muertes por riñas, feminicidios y abusos, pues así no lo queramos somos una sociedad violenta.

La política criminal colombiana frente a la inseguridad en las ciudades ha tenido siempre como finalidad la represión y no la prevención, y por ello se funda en paradigmas totalmente equivocados que solo aumentan la criminalidad. El primero es que con el solo hecho de aumentar las penas se reduce el delito, lo cual es totalmente falso, pues las personas que cometen estos crímenes ni siquiera conocen el Código Penal. El segundo es que la seguridad en las calles es responsabilidad exclusiva de la policía, lo cual hace que las capturas que esta realiza se caigan sistemáticamente porque en ellas no participa la Fiscalía. El tercero es que se piense más en castigar cada hurto que en desmantelar las bandas criminales, lo que genera que los autores capturados simplemente se reemplacen por otros y todo siga igual o peor.

Desde hace varias décadas, en las principales escuelas criminológicas de los Estados Unidos se dieron cuenta de todas estas circunstancias y por ello la lucha contra la delincuencia se centra en la prevención técnica del delito a través de instrumentos que privilegien el análisis y la tecnología. El primero es llamado factor ambiental y, según la Escuela de Chicago, exige la determinación de cuáles son las áreas donde se producen más delitos para concentrar la operación de las autoridades en ellas, tal como acertadamente hizo en su momento el exsecretario de Seguridad de Bogotá, Daniel Mejía. El segundo es la creación de un defensible space (espacio defendible), generando medidas urbanísticas que impidan el crimen. El tercero es la prevención comunitaria de Nietzel, que permite vincular a los habitantes de las zonas afectadas a las políticas de seguridad, pues nadie conoce más el sector ni está más interesado en la prevención que ellos.

Poco se hace si seguimos llenando las cárceles de personas pero no emprendemos una lucha técnica contra el delito. El nivel de hacinamiento carcelario que hay en Colombia hace que en estos momentos sea casi imposible resocializar a las personas privadas de la libertad y por ello es necesario buscar alternativas a una visión netamente punitiva de la política criminal. La prevención es fundamental para una protección humanística de los ciudadanos a través de medidas civilizadas y tecnológicas contra la criminalidad.

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2020-02-20T00:00:13-05:00

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