Por: Armando Montenegro

‘Self-hate’

LA VIDA DE MICHAEL JACKSON ES un excelente ejemplo de self-hate —lo diametralmente opuesto a la autoestima—, una palabra que podría traducirse como autoodio u odio a sí mismo.

El odio a sí mismo es un sentimiento común entre ciertos miembros de las minorías étnicas o culturales que sienten el rechazo, la discriminación o la burla del segmento mayoritario de la sociedad, y que, conscientes y avergonzados de sus particularidades deciden alejarse de su propio grupo y acercarse al dominante.

En muchas de sus obras el novelista Philip Roth retrató descarnadamente la figura del autoodio, con referencia al caso de los judíos, a partir de la remembranza de su propia infancia y su adolescencia en los suburbios de New Jersey, y, después, de su vida en medio de élites literarias y académicas de Nueva York. También la retrató en personajes de las minorías de católicos norteamericanos y, en una memorable novela, en el caso de un negro mimetizado como profesor blanco de una universidad.

En algunos casos extremos, el autoodio no se queda sólo en la crítica y en cierto alejamiento de las raíces, sino que lleva a quienes lo padecen a la negación completa de su origen, una actitud que incluye, a veces, el desconocimiento de su propia familia y sus semejantes, en un angustioso esfuerzo para asimilarse completamente a la cultura dominante. Woody Allen fabricó una caricatura de uno de estos personajes en su película Zelig, en donde el camaleón se metamorfoseaba tanto como fuera necesario para aniquilar su propia identidad.

Michael Jackson, contrario a lo que dijeron muchos oradores en su entierro, nunca pareció un símbolo del orgullo de los negros de Estados Unidos. Fue una tragedia de odio de sí mismo que lo llevó a su autodestrucción. Por medio de complicadas y sucesivas intervenciones quirúrgicas, hizo que se eliminara la pigmentación de su piel para convertirse en un blanco artificial. Y con una serie de operaciones trató de obtener una nariz respingada y de adquirir unas facciones caucásicas que ocultaran su origen. 

Una de las paradojas de su horrible trayectoria fue que justo cuando ya había terminado su conversión, un negro llegó a ser el presidente de Estados Unidos. Los blancos, además, nunca lo consideraron como uno de ellos y los negros y los blancos pensaron que estaba medio chiflado.

En ese proceso de cambio, Jackson destruyó su cuerpo. Su cara no sólo parecía la de un muñeco de plástico descolorido y mal hecho, sino que, a causa de tantas cirugías y tratamientos, se enfermó física y mentalmente. Al cáncer de piel se sumaron la calvicie y una serie de trastornos de comportamiento cuyos detalles sólo conoceremos en sus biografías póstumas.

A pesar de las peculiaridades de su identidad y sus preferencias sexuales, Jackson decidió proyectar la imagen estandarizada que quería el gran público norteamericano. Para hacerlo, organizó matrimonios de apariencia convencional, uno de ellos con la hija de Elvis Presley, según los medios, a cambio de dinero, y posiblemente adoptó o compró tres hijos.

A pesar de las mutaciones de su color y su figura, así como las simulaciones de su vida familiar, al igual que muchos otros que se odian a sí mismos, Jackson nunca pudo conseguir para él la aceptación que sí alcanzaron, antes de la fase más aguda de su metamorfosis, sus bailes y sus canciones.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Armando Montenegro

El gran debate

A propósito de un aniversario

Detrás del bajo crecimiento

La zancadilla

Esperando a Duque