Por: Mauricio García Villegas

La semana Camilo Torres

Camilo Torres fue un sacerdote, un líder político y un profesor universitario.

Murió en un enfrentamiento con el Ejército, poco después de haber ingresado a la guerrilla. Su triple condición de cura, profesor y líder popular, así como su espíritu humanista y bondadoso, le valieron la simpatía de muchos profesores y estudiantes de la Universidad Nacional (UN).

Esta simpatía fue facilitada por dos hechos: 1) la falta de fronteras claras entre reflexión académica y militancia política que ha existido en algunos círculos académicos de la UN, y 2) la presencia en el campus, marginal pero muy influyente, de una militancia de izquierda que, en términos sociológicos, es profundamente religiosa, con sus propios ritos, su santoral, sus demonios, su liturgia y su infierno.

El pasado 15 de febrero se cumplieron 50 años de la muerte de Camilo Torres y la UN organizó una serie de eventos para conmemorar esa fecha. Entiendo las buenas intenciones de los organizadores de esos actos. Sin embargo, y lo digo con el mayor respeto, me temo que una celebración de este tipo sirva más para reforzar la confusión entre militancia política, idealismo religioso y reflexión académica, que para impulsar el pensamiento de Camilo Torres.

Empiezo diciendo que esta confusión entre academia, política y religión no solo ocurre en la UN. Lo mismo sucede, y en mayor medida, en otros claustros universitarios del país, empezando por las universidades pontificias (en unas más que en otras), para no hablar de las universidades que obedecen a partidos o a líderes políticos, como la llamada escuela ELITE, creada por Álvaro Uribe Vélez.

Abogar por una academia independiente de lo político y de lo religioso no implica acabar con el espíritu crítico, ni extirpar las ideas políticas de los académicos. Implica, eso sí, que la producción intelectual no obedezca a dogmas, ni a afiliaciones partidistas o confesionales. La autocrítica y la disposición a dejarse convencer por argumentos es una condición inherente al mundo académico.

Dicho esto, creo que los honores universitarios deberían estar reservados, salvo excepciones tipo Mandela, para quienes han hecho grandes contribuciones al pensamiento académico. No quiero desconocer con esto los aportes hechos por Camilo Torres a la sociología. Sin embargo, nadie duda de que su obra languidece cuando se la compara con la de otros pensadores, como Gerardo Molina, Orlando Fals Borda e incluso Luis Eduardo Nieto Arteta, también egresados de la UN. La celebridad de Camilo viene de su militancia política. Alfredo Molano, su alumno y amigo, dijo esta misma semana que “Camilo no era un profesor, sino un político activo”; y, además, fue un guerrillero, con todas las implicaciones de violencia y sufrimiento que ello conlleva. Esto complica aún más el homenaje que se le hizo.

La militancia política, la religión y la ciencia nunca han ido bien juntas. Representan maneras de pensar distintas e incompatibles. Cuando se mezclan, es la ciencia la que sale perdiendo. No solo eso, la comunidad universitaria se divide y el espíritu de diálogo que debe existir en un centro universitario se pierde.

Además, estos homenajes universitarios no dejan de ser riesgosos. El año pasado se cumplieron 50 años de la muerte de Laureano Gómez, también egresado de la UN. ¿Qué habría pasado si a alguna autoridad universitaria se le hubiese ocurrido proponer un evento para conmemorar ese aniversario? Yo habría sido el primero en protestar. Alguien me dirá que a Camilo no se le puede comparar con Laureano. Es cierto. Pero la universidad es un centro pluralista y nada impide que el día de mañana —en Colombia estamos— aparezca algún grupo de derecha con esa idea. Por eso, es mejor dejar esos asuntos por fuera del campus.

 

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2016-02-19T21:00:28-05:00

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