Por: Santiago Villa

Semana de carnaval

Esta fue una Semana de carnaval con chivo expiatorio. Gracias a que cerraron la columna de Daniel Coronell por criticar una decisión editorial de la revista, todos los demás columnistas, y hasta los caricaturistas, tuvieron la oportunidad de criticar una decisión editorial de la revista. Por un día la lonchera fue piñata y todos se dieron el lujo de patearla.

La inversión carnavalesca fue tal, que los directivos de la revista incluso se contradijeron: publicaron un editorial donde daban la explicación que el insubordinado Coronell les había pedido. Si ya le habían dicho a este columnista que no tenían nada que explicar, ¿a cuenta de qué viene ahora la explicación?

En Semana de carnaval todo funciona al revés: al final aparecieron las explicaciones que hace ocho días no eran pertinentes o ni siquiera existían.

¿Por qué no publicaron esa misma explicación como respuesta a Coronell y pasaron la página, en lugar de cerrar la columna? Como bien sabemos los periodistas, cuando publicamos información que suscita reacciones desproporcionadas, el escándalo que arme el aludido no hace sino echarle gasolina a un asunto que, de otra manera, pronto se habría olvidado.

La explicación es muy humana. Semana todavía es un feudo con dueño y el rey se puso bravo. Felipe López estaba por contraer matrimonio en París, ya quería dejar a la revista en manos de su hija, y uno de sus caballeros andantes tuvo la audacia —otro de sus colegas de la Mesa Redonda, también Caballero, lo llama “arrogancia”— de cuestionar en público una decisión editorial de la revista.

López debía mandarles un mensaje a todos los demás columnistas y periodistas de su revista: el que nos critica se va, así sea usted el más leído y el más influyente. Aunque esta semana todos pudieron escribir lo que les dio la gana, la amenaza sigue en pie y pesará en el futuro cuando algún columnista piense en cuestionar a sus directivos. Eso se llama hipocresía.

Uno creería que en la revista Semana debería mandar el director, Alejandro Santos; no López, una figura que no se entiende muy bien qué cargo editorial tiene más allá de detentar el poder. Un poder que además se hereda. La reacción airada del accionista desautorizó públicamente lo que el director ya había dicho en Twitter, que en la revista había libertad de expresión.

Los medios de comunicación tienden a vivir obsesionados con sus glorias pasadas, como los veteranos de guerra. Es entendible: en Colombia los medios son el baluarte más certero contra la insondable corrupción y los abusos de poder. Muchas instituciones no se mueven o no reaccionan hasta que salen denuncias en los medios. Pero lo importante no es lo que hicieron hace una década o más, sino lo que están haciendo hoy. Un medio no es independiente o valiente porque en 1989 se le plantó a Pablo Escobar, o porque en 1995 publicó fragmentos de los narcocasetes, o porque en 2008 denunció las reuniones entre narcotraficantes y funcionarios de Presidencia. ¿Qué están haciendo hoy, ahora, en este mismo instante, por proteger la ética pública y denunciar la corrupción? A diferencia del poder, la valentía no se hereda, se practica.

Semana ha sufrido de flaqueza investigativa durante años. El gobierno de Juan Manuel Santos le hizo mucho daño, y hoy se volvió una revista de opinión más arrogante que su excolumnista. Lanza sentencias sobre política pública que nadie le está pidiendo. Le recomienda al presidente qué hacer y qué no hacer para recuperar su popularidad, como si el papel de la principal revista periodística de circulación nacional fuese asesorar a la Rama Ejecutiva.

La revista lleva casi una década con esta malsana cercanía al presidente. Erosionó su credibilidad y sus colmillos investigativos. Si busca renovación, puede comenzar por un cambio de actitud hacia el poder, y eso incluye la forma como lo ejerce. 

Twitter: @santiagovillach

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