Por: Yolanda Ruiz

Semana de tregua verbal

Algo bueno tiene la Semana Santa: en ese tiempo de descanso suele pactarse una tregua multilateral en las batallas verbales sin fin que se arman en Colombia sobre todo y frente a todo.

Me refiero a batallas porque en Colombia por lo general se debate poco y se pelea mucho. Eso de escuchar argumentos, confrontar ideas, enriquecer el cerebro con los retos que puede plantear el que piensa distinto, parece no formar parte de nuestro estilo confrontacional por excelencia. Aquí lo que vivimos es más una permanente guerra de posiciones en donde cada quien se parapeta tras su idea fija y dispara sin mirar y sin escuchar.

No importa cuál sea el tema de debate: la ley de garantías, el aborto, la paz, el precio del dólar, la reforma a la justicia o hasta las puertas de los baños de los niños; siempre es fácil adivinar casi con puntos y comas lo que dirán desde cada orilla. No sé cuándo nos inventamos ese estilo de polémica en la vida pública, pero me pregunto con frecuencia si aporta algo, si sirve de algo.

Muchos escenarios de opinión —no todos, por fortuna— están tomados por esos francotiradores de epítetos y adjetivos que poco argumentan pero que hacen mucho ruido con frases fabricadas para los titulares de los medios de comunicación. En este escenario calienta más a la tribuna el que más golpes propina a sus contrincantes no por la fuerza de sus planteamientos sino por la contundencia de sus arrebatos. “El que piensa distinto es mi enemigo”, pareciera ser la consigna.

Como al enemigo hay que eliminarlo, muchos debates que debieran llevarnos a mirar de fondo un asunto se terminan zanjando con calificativos o mejor “descalificativos”, porque se busca encasillar al contendor en una categoría que permita de entrada cerrar la discusión. Por eso términos como castro-chavista, paraco, enemigo de la paz, defensor de terroristas, mamerto o fascista son tan frecuentes en nuestras diarias batallas. Si descalifico al otro no tengo por qué escucharlo. De entrada condeno sus ideas, sus propuestas, sus críticas.

Lo triste es que muchos colombianos que desde la academia, las organizaciones sociales o desde el simple rincón de su vida cotidiana están construyendo propuestas distintas, incluyentes, diversas, no polarizantes, poco consiguen hacerse escuchar. La ecuación es fatal: el ruido que se hace suele ser inversamente proporcional a la calidad de las propuestas. A más gritos menos fondo, a más ideas menos despliegue.

Creo que mucho del éxito de esa fórmula es también responsabilidad de quienes nos encargamos de poner el foco en el escenario: los medios de comunicación, en particular la radio, la televisión y las redes sociales. Como las peleas de gallos venden, pues a buscar gallos para que peleen. Y aparecen entonces los abogados mediáticos, los senadores mediáticos, los analistas mediáticos, los funcionarios mediáticos, los fiscales y procuradores mediáticos… todos parados desde su orilla gritando con los oídos tapados.

Por eso agradezco los días de descanso que nos dieron una tregua tácita que permitió silenciar un poco (sólo un poco) las municiones de Twitter y las peleas de gallos y sueño con esperanza ingenua que en algún momento los argumentos de ideas reemplacen los adjetivos y las descalificaciones personales en nuestros grandes debates nacionales. Amén.

 

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