Por: Lorenzo Madrigal

Semanas antes

ENTRAMOS EN LA SEMANA EN QUE, con todo respeto, nada pasa, salvo la pasión de Cristo, que ocurrió dos mil años atrás. Recordarla con periodicidad es misión de la Iglesia, para mantener a su feligresía en el fervor religioso.

La Iglesia Católica. Fue la de nuestro país y sigue siéndolo, pero antes lo era institucionalmente. Ahora somos un Estado social de derecho, cualquier cosa que la perífrasis quiera decir. En cuanto a los fieles, hay una derivación de católicos que han pasado a cristianos, como si los católicos no lo fueran. Todos los católicos son cristianos, pero no todos los cristianos son católicos. Hay, desde luego, otros cultos, para los cuales no es de hoy que exista libertad.

Recuerdo las Semanas Santas de Medellín. Era una ciudad sin disparos y A.P. (antes de Pablo, el hijo del mayordomo del exministro Joaquín Vallejo). Del Santo Sepulcro aún me llega el aroma de los perfumes que las santas mujeres (las de la parroquia de San Ignacio) vertían sobre el cuerpo desarmable de Jesús.

Los niños llevábamos los objetos que las devotas entregaban en el comulgatorio del templo para rozarlos con la figura yacente, que antes pendía del madero de la cruz, pues los brazos eran articulados. Tiempos aquellos, tiempos del poeta Martínez Mutis, que cantó a las fiestas religiosas, como “fiestas olorosas a helecho y malvasía; fiestas a las que me llevó la madre mía, cuyo recuerdo, en medio de la bruma, es un bosque de lirios que perfuma y abre un surco de auroras en el alma”.

Nostalgia, pues, de épocas, de la paz que se vivía y con la que morían nuestros mayores. Antes se sabía con certeza para dónde se iba el hombre después de muerto. Ahora pocos tienen la misma certeza. Algunos dicen haber visto el túnel y haberse regresado. Ernesto Samper, por ejemplo, el mismo que dejó a su padre y a su tío que lo llamaban del más allá y quedaron a sus espaldas.

Hoy la Santa Iglesia lucha como siempre por imponer principios y dogmas un tanto a rajatabla; mucho ganaría con dejar que el Estado dispusiera de sus asuntos y ella de lo suyos.

Voceros espontáneos del sentimiento religioso los hay entre nosotros, tan desafortunados como el comunicador José Galat, excandidato presidencial, hombre que, supongo, le ha hecho perder la fe a más de un colombiano.

Y cuidémonos los que aún tenemos encendida una lucecita de aquellas creencias de nuestros mayores —y que Dios nos la conserve— y no rezonguemos demasiado ante los dictámenes del nuevo vocero del episcopado colombiano, mi amigo y monseñor, don Juan Vicente Córdoba, excesivo en apariciones públicas, quien hace añorar el espíritu sencillo y manso del titular de la sede, el arzobispo y futuro cardenal, Su Ilustrísima, Rubén Salazar Gómez.

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