Por: Gonzalo Silva Rivas

Semanas de pasión

El departamento del Cauca, al que históricamente azotan vientos tan difíciles, es el único del país que puede darse el lujo de contar con cinco reconocimientos de la Unesco. Todos juntos ponen en evidencia su concluyente riqueza cultural y su aporte a la identidad nacional, factores que la misma Constitución matiza como determinantes para la construcción de una nación tolerante, integral, sin violencia y sin discriminaciones.

El registro más importante, como Patrimonio Cultural e Inmaterial de la Humanidad, es el que se le concede a sus celebraciones de Semana Santa, que este año completaron 459 versiones ininterrumpidas. Popayán, igual que siempre, se acicala, se satura de turistas y alrededor de las fastuosas procesiones se transforma en un hospitalario, cívico y abrumador hervidero humano.

Junto a la valoración que se le da a esta festividad por su herencia hispánica, la Unesco también resalta del Cauca los vestigios precolombinos, simbolizados en el Parque Arqueológico de Tierradentro; el mestizaje cultural, representado por las músicas de marimba y los cantos tradicionales del Pacífico Sur; la biodiversidad, atesorada en la Reserva de la Biosfera; y la variada gastronomía local, certificada a través de la Red de Ciudades Creativas.

Tales reconocimientos le dan cierto tufillo global a esta hermosa región que cuenta con todos los ingredientes térmicos y con maravillosos atractivos naturales, históricos y culturales, distribuidos en 30 mil kilómetros de superficie. En sus costas, llanuras y cordilleras se irrigan seductores productos ecológicos y étnicos, sumados a múltiples propuestas termales y de aventura. De ahí que el turismo se perfile como una silenciosa potencialidad.

Pero una vez terminada la cuaresma y volteada la página de las piadosas solemnidades santas, la historia del Cauca se vuelve otra. Triste y penosa. Se regresa a una realidad que hace un par de años su actual gobernador, Temístocles Ortega, calificara de “patética”.

Los indicadores sociales del departamento contrastan con tanta riqueza material e inmaterial pregonada por la Unesco. El 33% de su población se halla en condiciones de pobreza y cerca del 50% sufre necesidades básicas insatisfechas. Posee la novena tasa de desempleo nacional y convive con estructurales problemas de seguridad y de vías públicas.

Desde sus inicios históricos, el Cauca hereda una fuerte carga de violencia y de penuria que lo relega en todos los frentes y lo sitúa en las cúspides de la inequidad y la injusticia social. Condición que le ha facilitado ser eje del conflicto armado y el narcotráfico, agravando sus trastornos sociales y económicos, reflejados en despojos de tierras, acaparamientos estratégicos y desplazamientos forzados. La aguda polarización social ha proscrito a las comunidades indígenas, afrocolombianas, mestizas y campesinas de sus demandas ancestrales, de sus territorios y de su autonomía.

Un panorama escasamente comprensible con el acogedor espíritu religioso de su Semana Mayor y con el mérito de sus cinco reconocimientos que la asimilan con una sociedad tolerante, integral, sin violencia y sin discriminaciones. Su valía turística, campo que tiene abonado para convertirse en emporio nacional, podría ser un privilegiado punto de inicio para promover equilibrios y equidades sociales. Propósito en el que aseguran querer trabajar las actuales autoridades departamentales -sin raseros raciales ni étnicos-, con la esperanza de que algún día sus habitantes dejen de ser los eternos protagonistas de sus cotidianas semanas de pasión.
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