Semblanza de un ícono

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Cuando murió la esposa de García Márquez, el presidente Duque trinó: “Hoy murió (…) el amor de la vida de nuestro nobel (…) y su compañera incondicional”. No conocí mucho a Mercedes Barcha, pero por lo que vi y por los testimonios que he leído, creo que esa mujer recia, independiente y leal, a la que el escritor respetaba, era todo menos incondicional. Y más bien creo leer en esa palabra, que el diccionario define como “el adepto a una persona o idea sin limitación o condición ninguna”, y en la expresión dulzona “el amor de la vida”, una visión idealizada de mujer propia del mundo patriarcal. Que coincide con la que hace de Lina Moreno la última revista Semana, y que sólo puedo calificar de patética.

De la carta de esta sólo diré que es increíble que Lina Moreno —o de Uribe, que creo que le va mejor— haya roto su silencio modoso de años no sólo para defender a su marido de esa manera meliflua, sino, sobre todo, para atacar a la Corte Suprema, como la horda uribista. Pero vayamos al artículo de Semana, que está ilustrado por una fotografía donde la ex primera dama pareciera estar rezando. Como en cualquier revista de farándula, la semblanza comienza por recordarnos algo muy importante en este país clasista: que ella viene “de una prominente familia antioqueña”. La interpretación de “prominente” queda abierta al lector. ¿Tradicional? ¿Adinerada? ¿Poderosa? ¿O las tres? Luego el artículo afirma: “Aunque la moda y el maquillaje no son lo suyo” —no se sabe si como elogio o como reproche—, “tiene un estilo propio cuya autenticidad y sencillez la han convertido en un ícono de las nuevas generaciones”. A un ídolo, como lo es Uribe, le corresponde un ícono, claro está. Ícono cuyo sueños fueron, según el periodista, “una casita en Rionegro donde pudiera formar una familia, leer a los filósofos y cultivar orquídeas”. ¡Algo muy propio, claro, de las nuevas generaciones! Todo muy bucólico, muy austero —nada de latifundios, sólo casita—, pero tampoco nada pedestre. Pues ahí está el espíritu, encarnado en la filosofía.

En medio de los más lastimosos clichés —“los opuestos no solo se atraen sino que se complementan”—, nos cuentan que “mientras él (Uribe) buscaba que todo el país lo conociera” —porque la casa del hombre es el mundo—, “ella evitaba toda figuración y se volcaba a su familia” —porque el mundo de las mujeres es la casa, según el modelo femenino que aquí se exalta—. Eso sí: esta mujer sosegada se ve en la carta como “una leona que defendía a su marido y a su familia”, pero también “como una filósofa que ha leído las obras de Sándor Márai y Thomas Mann”. Ay, la pobre palabra está tan manoseada que hasta el exalcalde de Bucaramanga, que dice que “para gobernar sólo se necesitan «huevos»”, afirma que obra de acuerdo a su “filosofía”. Ante la noticia de su detención preventiva, Uribe, como padre en todos los sentidos, incluido padre de la Patria, dijo de Lina: “Hay que cuidarla. Ella sufre mucho por todo esto”. Leyendo esas páginas parroquiales recordé una anécdota que me contó alguien que estuvo presente en un taller con el padre Francisco de Roux, al que asistía Lina Moreno: que esta se presentó como “campesina”. Y que una mujer del campo le mostró sus manos y le dijo: “Mire, así se ven las manos de una campesina”.

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